Budapest (parte 1)

El lunes me fui a Budapest. Con Student Agency, claro, la compañía de autobuses por excelencia de la República Checa. No sé si se podrá calificar de bajo coste, porque desde luego no es la Ryanair de tierra. Es la misma compañía con la que fui a Praga a comprar café, así que más o menos la conoceis (te dan café, reparten prensa, llevan una especie de azafata/o). Como éste ya era mi segundo viaje con la Student, yo pensaba que todo iba a ser coser y cantar. Pero no, no fue así. Como siempre y en previsión de lo que pudiera pasar, llegué a la estación de Grand con bastante tiempo de antelación, con el frío que hacía. Estaba llena de autobuses amarillos (los de Student Agency). Por supuesto, arrastrando de mi maleta naranja, miré el destino de cada uno de ellos, y ninguno iba a Budapest. Al rato, viendo que los autobuses iban y venían, le pregunto a la muchacha de la ventanilla y me dice, traducción textual: “el autobús viene de Praga, tienes que esperar”. Muy amable, como podemos ver. Pues a esperar. Pasa otro rato, y la misma muchacha sale de la caseta con un megáfono como los de las manifestaciones y dice algo en checo, de lo que yo sólo entiendo “Budapesti”. Me acerco, y antes de decir yo nada, me dice que el autobús lleva media hora de retraso. Por cierto, el autobús debía haber salido a las 8:50 y el anuncio con megáfono portátil fue a las 9:20, con lo cual el retraso no era de media hora…sino de 1 hora. Enfín, conceptos diferentes para contar el tiempo. Llegó, a la media hora más o menos, y cuando abren el maletero, meto mi maleta naranja. Y me dice el conductor, haciendo gestos con la mano, “ne, ne, ne”. Lo miro con cara de sorpresa y asombro, y saco mi maleta, claro. Veo que una señora está metiendo su maleta justo después de mí, y que el conductor tiene una caja de Carte d´Or con monedas y pegatinas. Ah, que hay que pagar. Pues sí, 10kc por llevar tu maleta en el maletero del autobús. Eso sí, le ponen la pegatina con el destino final de tu viaje ¡por si acaso se pierde! Por eso lo del bajo coste, como en Ryanair, hay que pagar por el equipaje. Y como en Ryanair, te retiran las revistas y los auriculares al final del viaje, para reutilizarlos supongo.
Una vez más, que no había dicho nada de la programación de mi viaje, tal programación no existía. No sólo eso, sino que no tenía ni idea de dónde estaba la estación de autobuses de Budapest, si estaba en las afueras, en el centro, o vete a saber dónde. El hotel que había reservado la noche antes sí estaba más o menos céntrico, no mucho. Pues después de cuatro horas de viaje por las autopistas checas, eslovacas y húngaras, llegamos a Budapest. Entra en la ciudad, y sigue entrando, y entrando…y llega a una zona nueva que tenía pinta de estar a las afueras. Yo creía que el autobús entraría en la estación. Ingenuo, ingenuo. De pronto, se para en una avenida, en la parada del autobús urbano. Y la gente empieza a bajar. Virgen de Regla, ¿dónde estamos? Yo por allí no veía ni estación de autobuses, ni nada que se le pareciera. Sólo edificios nuevos de oficinas. Bueno, palante. Me bajo, cojo mi maleta, y como el azafato te despide en la puerta con un amabilísimo “na shledanou”, yo le iba a preguntar dónde estábamos; pero entre que me ponía la bufanda, los guantes, el gorro el autobús salió disparado y me ví sólo en la acera con mi maleta naranja…tampoco quedaba ningún pasajero por allí. Eso sí, observé que algunos se dirigieron a lo que parecía una entrada de metro o un paso subterráneo. Palante, allá voy. Me dije, si es una entrada de metro, habrá algún sitio en el que pueda preguntar, y si es un paso subterráneo, cruzaré la calle, porque estaba casi en medio de la nada. Era una entrada de metro. Bien… o no tan bien. Me dí cuenta de que para qué quería yo un metro si no tenía florines húngaros… no podía comprar un billete ni nada. La gente caminando muy rápido, como en todos los metros de todo el mundo. Ni una sola ventanilla de venta de billetes, ni un kiosko, nada. No sé cómo, descubrí que también se iba por allí a las oficinas de una empresa de autobuses húngara…los carteles para mí eran completamente indescifrables, claro. Y la suerte me sonrió: al poco veo una i (de información) y una flecha. Si es lo mío, seguir las flechas. Llego a la oficina de información, y una húngara ya entrada en años y kilos, me dice ¿le puedo ayudar?. Sí, necesito ir al centro. Saca un mapa, y señala dónde estábamos y dónde estaba el centro. Madre mía, que lejos. Y me dice, con nula amabilidad, que tengo que coger la línea de metro azul en dirección norte. Vale, dije yo. ¿Todo claro?¿Le puedo ayudar en algo más? Sí, donde puedo cambiar moneda. Gracias a Dios, aún tenía un billete de 5 euros, es que no había visto ningún cajero en aquellos subterráneos. Cojo el mapa, mi maleta y me voy a cambiar mis 5 euros por no sé cuántos florines. Y, ale, al metro otra vez… ¿la línea azul? Si sólo hay una línea, y no tiene color ¿dirección norte? ¿cuál es la dirección norte? Encontré la ventanilla de venta de billetes y compré uno. Y más dispuesto que nada bajo por las escaleras mecánicas a los andenes. A ver, siéntate y estudia el mapa y los nombres de las estaciones. Así, que echando de menos la lupa de la cajera de Tesco, como buenamente pude, logré entender cuales eran las estaciones en el mapa, y su correspondencia con el cartel de la estación. Cinco paradas hasta el centro. En los vagones no había panel que anunciara las estaciones, sólo lo decían por megafonía… que a mí no me servía de nada, claro. Pues a contar paradas y dejarme los ojos para ver el cartel de la estación. Y llegué al centro, sano y salvo.
Segundo problema: encontrar el hotel. El mapa que me habían dado en la oficina de información no era muy bueno, no ponía el nombre de todas las calles. Y fui incapaz de encontrar la calle de mi hotel. Oficina de turismo, para qué os quiero. Justo al lado de la parada del centro había otra oficina de información. Y le digo a la chica, mucho más amable, que me ayude a ir a mi hotel. Y lo hace, aunque le costó encontrar la calle. Me dice, tienes que coger la línea roja y bajarte en la estación de tren del este, y allí coger un trolebús. ¿Un trolebús? ¿Para dos calles? ¿Está loca o qué? Esto no se lo dije, claro, sólo lo pensé. Sí le dije que yo había venido desde la estación de autobuses en metro, en la línea azul, pero que no había visto ningún color, y que como sólo había esa línea allí, pues me monté. Bueno, pues es la línea 2 (roja) la que tienes que coger ahora. Vale, muchas gracias. Pues sí que había colores en las estaciones, rojo, azul y naranja. Lo que pasa es que no parece mucho que sean los colores de las líneas, más bien parece el diseño de los carteles. Tres paradas y llego a la estación del este, salgo a la superficie… ¡y está la plaza en obras, rodeada de vallas de madera! Madre mía, y ahora como me oriento yo aquí, si no veo nada que me sirva de referencia. Están haciendo otra línea de metro, así que imaginad como estaba la plaza. Ni plaza ni nada, sólo un caminito entre vallas de una punta a otra de la plaza, y otro camino que la rodea. ¡Virgen de Regla, quién me mandaría a mí! Bueno, valor y al toro. Con el mapa en la mano, asalté a un viandante y le pregunté dónde estaba la sinagoga (el hotel está cerca); bueno, le pregunté es un decir, señalé en el mapa con mi dedo. Y con el universal lenguaje de los signos, me indicó más o menos como llegar, que en realidad era seguir una calle toda recta. El hotel, por fin, gracias a Dios.
¡Por lo visto aún no me he enterado de que existen los taxis!

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2 respuestas a Budapest (parte 1)

  1. Wunderk dijo:

    ¡Madre mía, el húngaro es puro galimatías! Lo sé cuando estuve allí una semanita… es el idioma más extraño que me ha tocado escuchar en los pocos viajes que he hecho.

  2. zeltia dijo:

    bueno, qué nervios!me lo has hecho pasar fatales que yo me pongo en situacióny me imagino en medio de la nada,sin dinerosin entender el idiomacon fríosi yo ya sentía hasta hambre, y sedque ataque de agorafobia me daríaeres un valiente, eh

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