La última frontera

Yo creía que iban a Viena, a pasar el fin de semana, como casi todos los que cogen ese avión. Pero no, no pensaban pasar sus mini-vacaciones en Viena, sino en Brno. Era un grupo de amigas que ya empezaron a hacerse notar en el avión, en el que flirtearon con el azafato, que según ellas me contaron después, las timó con los cigarrillos sin humo. Con lo que no las timó fue con el ron, del que dieron buena cuenta y al que no pusieron pegas.
Las perdí de vista cuando dejamos el avión y me dirigí raudo y veloz a la parada del autobús porque veía uno que se acercaba. Allí mismo tuve que poner en práctica mis conocimientos de los usos y costumbres de la zona, y asistir a unas buenas señoras que se hicieron un lío con la maquinita de los billetes de autobús. Bueno, lío no, que no entendían nada. Pero por ahí hemos pasado todos y un poco de solidaridad en tu idioma se agradece, la verdad.
Entre la llegada del avión y la salida del tren con dirección a Brno, había unas cuantas horas, horas que pasé y he pasado otras veces en la estación de Bratislava, que no tiene muchas diversiones pero la fauna local es una diversión en sí misma. Como no hay donde sentarse porque no hay ni sala de espera ni bancos repartidos por la estación, yo estaba dejado caer en unos mostradores de venta de billetes que cierran por la noche, y como digo, contemplando el comportamiento de los locales y cómo unos bambis miembros de un equipo de jockey se iban congregando frente a las escaleras. De pronto, oigo un escándalo que viene de la entrada. Pensé que era una pelea de gitanos y vagabundos, que se concentran al parecer en la entrada de la estación. Pero no, cuál no fue mi sorpresa cuando veo entrar al grupo de chicas gritando, cantando y riendo… ¡seguidas por la policía de la estación! Temerosos, supongo, de que les complicaran la noche. Aun a pesar de encontrármelas allí, yo seguía pensando que iban a Viena, y que habían preferido en lugar del autobús lanzadera, el tren. En fin, que yo seguí a lo mío, dándome algún paseo por la estación, saliendo a fumar, observando la población local que entraba y salía… y ellas a lo suyo también: compraron sus billetes, por supuesto sin pasar desapercibidas, buscaron algo de comer mirando en todos y cada uno de los puestos que en la estación hay, salieron algunas a fumar, y por último se sentaron en las escaleras.
Justo encima de las escaleras están los paneles que informan de las salidas y llegadas de trenes, que no son muchos a esas horas. Ya otras veces he observado el mismo comportamiento: llegan, miran el panel y se quedan allí mirándolo como si con eso obligaran al panel a cambiar más rápido y mostrar antes que su tren va a salir. Pero no, el panel no cambia.
Por cierto, con tanta observación, casi pierdo el tren. Y entonces habría tenido un problema, porque era la última opción para llegar a Brno. Para poneros un poco en situación, el tren va de Budapest a Varsovia, pero en Breclav (la primera ciudad checa tras la frontera) se divide en dos: una parte sigue para Varsovia, vía Ostrava, y la otra se dirige a Berlín vía Brno. Por tanto, es muy importante en qué vagón se monta uno. Como yo iba con prisas, me monté en el primero que vi, y busqué un compartimento donde sentarme y acomodarme con la intención de dormir hasta Brno. El tren iba bastante lleno, pero al final, encontré un sitio libre en el segundo vagón… donde también iban dos de las chicas, interactuando ya con un chico que también venía en el avión pero con una pinta de checo que no veas. Pero hablaba español, resulta que tenía una novia colombiana que vivía en Alicante, cosas de la globalización. Al poco las chicas empezaron a hablarme, y les hice un pequeño resumen de mí, de dónde era y qué hacía allí; en fin, lo propio. “Tía, estamos aquí, con un español de Cádiz que también va en el tren” dijo una de ellas que se levantó para ver cómo y dónde estaban las otras. Cuando el checo se enteró a duras penas que íbamos a Brno, un buen rato después, dijo que a lo mejor íbamos en el vagón equivocado, que aquél iba a Varsovia, sin pasar por Brno. “Voy a preguntarle a alguien” dije yo. Y me fui en la búsqueda de algún revisor o alguien de uniforme. Lo encontré dos vagones más allá, metido en un cuchitril atestado de cosas de limpieza y dando cuenta de su cena. “¿Brno, Brno?” dije yo señalando el suelo con la mano. Me miró con cara de extrañeza y asombro, y volví a repetir “¿Brno, Brno?” señalando el suelo otra vez. “Ne, ne, last last” dijo él cuando procesó la información, y señalando al final del tren. Clarísimo, estaba clarísimo: me había equivocado de vagón. “Chicas, tenemos un problema: estamos en el vagón equivocado” les dije a ellas cuando volví a nuestro compartimento “el que va a Brno es el último vagón”. Cogí mis cosas y me fui. Oí que ellas le decían a las otras “Tía, dice el español que este vagón no va a Brno, que es el último”.
Los compartimentos del último vagón estaban casi todos llenos de gente durmiendo ocupando varios asientos, con los pies encima de asiento de enfrente, oscuros. Al fin encontré uno en el que había dos asientos libres y uno ocupado por los pies de un muchacho que tenía su miniportátil con los auriculares puestos, completamente ajeno a lo que pasaba a su alrededor. Me acomodé. Al poco, llegaron mis dos compañeras de viaje, con el escándalo que las caracterizaba; ante la escasez de asientos en todo el vagón, se sentaron en el mismo que yo. El panorama era desolador: el chico abstraído, un señor mayor en medio y otro de aproximadamente la misma edad dormitando en la esquina, con un gorra torcida (la visera en la oreja izquierda) y la maleta entre las piernas. Ambos tenían tantos años como kilos de más.
Si ya estaban enloquecidas, con este panorama enloquecieron aún más. Primero para decirle al señor de la gorra que pusiera la maleta donde debería estar, para que una de ellas pudiera poner las piernas en una posición que pareciera humana. Animadas como estaban y poco dispuestas a dormir ni a que nadie durmiera, querían interactuar con el chico. “Hello, hello” dijo una de ellas, pero el chico no le hacia caso; a lo que ella, ni corta ni perezosa, le tocó la rodilla repitiendo “hello, hello”. El chico se quitó los auriculares y respondió amablemente “Hello, what´s up?”. Como la chica no sabía mucho inglés más allá de hello, tuve que hacer de traductor en aquella ruinosa conversación. Pero no se conformaron con el chico, también querían hablar con los dos señores, que dicho sea de paso, viajaban juntos. “Hello, hello” dijo la misma chica otra vez, pero dirigiéndose a estos dos hombres. Ellos contestaron con un hello, pero sus conocimientos de inglés eran del mismo nivel que el de las chicas. Pero para ellas eso no era problema y ese pequeño detalle no las iba a parar. “No se enteran de lo que les estoy diciendo” decía una de ellas. Claro, si les hablas en español, cómo se van a enterar. Pues de eso modo, ellos en checo y ellas en español, estuvieron cambiando impresiones, hasta que otro de otro compartimento que también viajaba con estos dos hombres, se presentó con una cerveza para las chicas. Ellas ni cortas ni perezosas la aceptaron, pero no el chupito de vodka que les ofreció después. De vez en cuando salían a ver a sus compañeras, cantando por el pasillo “soy español, español, españooool”. Entre medias, le habían dicho varias veces al chico del miniportátil “hello, hello”, y él, muy educado, contestaba “hello, again”. Pero ahí terminaba la conversación. De una de sus visitas a las compañeras, no volvieron más. Bueno, en realidad habían ido a fumar a los servicios, porque según dijo una de las que iban repartidas por el resto del vagón, tenía ventana y podían echar el humo fuera. “Tía aquí todo el mundo lleva cerveza y nosotros no tenemos nada”. Tampoco eso fue problema para ellas, que conocieron, según me dijeron en una de las incursiones que hicieron en el compartimento, unos húngaros que hablaban inglés (aunque eso daba igual, ellas no lo hablaban) que las estaban invitando.
“Sí, es la próxima parada, pero aún queda” le dije yo a una de ellas que volvió a recoger el equipaje. “Tía, que dice el español que todavía no es”. Una de las del grupo está de Erasmus en Brno, y es la que hacía de guía, con los resultados que habéis podido comprobar. Pero bueno, ellas recogieron su equipaje y se dispusieron a situarse en la puerta listas para salir cuanto antes. Yo, hasta que no vi que nos acercábamos a la estación, no me levanté y me despedí de aquellos buenos señores y el jovencito abstraído. Ellas, por supuesto, seguían con su marcha, y a pesar de estar en la otra punta del vagón, parecía que las tenía a mi lado. Es evidente que si algún pasajero pensó, como yo, dormitar no lo consiguió.

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5 respuestas a La última frontera

  1. Anonymous dijo:

    Otro post?!!! No doy a basto. Necesito tiempo para procesar tanta información. Jejeje. Vaya viaje divertido. Deberías haber quedado con ellas otro día, porque seguro que sus experiencias en esarepública darán para mucho. Y así de paso hubieras conseguido nuevas seguidoras para tu blog. Quien les iba a decir que serían protagonistas de este relato. Jejeje. Pocoyo.

  2. zeltia dijo:

    Bueno, esta vez no comparto la opinión de pocoyo…me da vergüenza ajena, será que voy mayor. o no. que tener un poco de educación y no molestar a los demás no tiene que ver con la edad. e ir dando la nota, tampoco.hay gente que sale de su país y pierde la vergüenza, (qué digo de su país… ¡de su pueblo!), lo que indica que vergüenza no tienen, que solo se reprimen por "el que dirán". gente reprimida y faltona. uich, que cabreo tengo! jajaja muy bien el detalle de la solidaridad, sí señor

  3. PocoYo: la verdad es que me ofrecieron salir con ellas esa noche a tomar una copa. Pero mejor dejarlo como estaba, mucho mejor. Al día siguiente se iban a Praga, con lo que me temo que o no iba a Praga o no dormirían.Zeltia, tienes algo de razón porque más que alegrar el vagón, lo que hacían era molestar. Pero son hijas de la LOGSE, que no vale como excusa porque tienen padres.

  4. Wunderkammer dijo:

    Ay, a mí también me da vergüenza ajena… siempre tenemos que ser los españoles los que vamos dando la nota. Es verdad que no nos damos cuenta de lo fuerte que hablamos. Yo precisamente lo noté un montón allí por los Brnos de Dios.

  5. Wunderk: es cierto que en estos países se nota nuestro carácter. Pero no todos los españoles somos iguales, estas chicas es que son hijas de la LOGSE jejeje y eso se nota. De todas formas, en nuestro descargo diré que los checos en general, son bastante mal educados; y si sobrios son muy discretos, en cuanto beben una cerveza se nota bastante que están.

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