Heidi (segunda parte): en dos palabras

Nos levantamos al día siguiente, tempranito como a mí me gusta. A las 8 de la mañana ya estábamos listos para salir. Sin café ni desayuno ni nada. Era sábado y Centroeuropa; con lo cual, olvidémonos de encontrar un bar para desayunar, y menos aún un café y una tostada. Podíamos haberlo hecho en la pensión, pero era algo caro. Así que nos arriesgamos, y decidimos tomar algo en algún sitio por la autovía, que algún “motorest” encontraríamos (es como llaman aquí a las áreas de servicio, y también lo que para nosotros sería una venta de carretera porque no siempre están en las autopistas). Como el sentido común, y cualquier método científico que se precie, indica, deshicimos el camino de la noche anterior con la ingenua intención de coger la autovía en el mismo punto que la dejamos. ¡Ilusos! No es porque la zona estuviera en obras, no, nada de eso, simplemente es que no había entrada a la autovía, sólo salida. Bueno, pues estará después del pueblo este, pensamos. Y como ya soy casi medio checo, voy perdiendo el temor de Dios y de la policía, y me vi obligado a hacer trampa para dar la vuelta: el furor por las rotondas aún no ha llegado a estas repúblicas. Efectivamente, la entrada a la autovía estaba al otro lado del pueblo, un poco después de la pensión. La verdad es que así lo indicaba el itinerario que llevábamos de Vía Michelín, pero como dije, no le hicimos mucho caso. Sí, la entrada a la autovía estaba ¡pero en obras! No sé si yo me despisté o es que estaba cortada, pero el caso es que no vi la indicación alternativa de entrada. Bueno, no pasa nada, algunos kilómetros más allá habrá otra entrada. ¡Virgen santísima de Regla, cuánta ingenuidad! Ni una sola, ni una sola. Y para más colmo, la carretera convencional iba bordeando la autovía. Al principio no veía coches circulando, con lo cual pensé que aún no estaría abierta. Sí, sí estaba en funcionamiento porque después ya veía los coches, furgonetas y camiones circulando tan ricamente por ella. Y yo con los ojos que me los dejaba en todas las señales a ver si veía algo que, aunque remotamente, pudiera interpretarse como acceso a la autovía. Nada de nada. A todo esto, íbamos sin desayunar, nuestros cuerpos pidiendo un café por lo menos. Así que procuramos olvidarnos de la autovía por un rato y dedicar nuestros esfuerzos en buscar un sitio para desayunar. Y lo encontramos…¡en mala hora! El sitio muy bonito, muy campestre y bucólico, en medio de la nada, en la ladera de una montaña y rodeado de bosque. Nosotros únicos clientes, y tampoco era tan temprano teniendo en cuenta cómo madruga aquí la gente. Como el local no olía precisamente a rosas, BridgetJones sugirió, o casi ordenó, que no sentáramos fuera, en una especie de merendero que tenía incluso su barbacoa. Como decía, nosotros éramos los únicos clientes; aunque por allí había un señor que no tenía la condición de cliente porque no consumía nada. La ausencia de algunos dientes y su grado de embriaguez no es que fueran lo mejor para atraer a la clientela, además de la música estridente que el señor disfrutaba en una minicadena en el porche del “motorest”. El local estaba atendido por un bambi de unos 20 años, que no le prestaba demasiada atención a este caballero. Para nuestra sorpresa, tenían capuchinos allí, café me refiero no frailes. Por 1,20 €, en vaso de nocilla pero con su espuma y su galletita…está bien de precio. El señor desdentado se acercó a pedir tabaco, no uno sino dos cigarrillos, que me pagó evidentemente, y nos contó que acababa de llegar de la discoteca. ¿Qué discoteca, Virgen de Regla, si por allí no había nada? Él tenía muchas ganas de conversación, pero BridgetJones se deshizo de él como pudo. Pagamos y reanudamos la búsqueda de la entrada a la autovía. Esta autovía es la que une Bratislava con Poprad, la ciudad que está a los pies de los Tatra; en Žilina sufre una interrupción y luego se reanuda en Ružomberok, a unos 70 km más o menos. Pues nada, no hubo manera humana de encontrar la entrada, tanto es así que cada vez estábamos más cerca de Žilina, y aunque la hubiéramos encontrado no habría merecido la pena. Para más inri, y para darnos en las narices con nuestra inoperancia, los últimos kilómetros de la carretera convencional discurrían casi por debajo de la autopista. ¿Quién dice que Eslovaquia es un país pobre? Hacer una autovía “colgante” cuesta una pasta. Encomendándonos a San Cristóbal, patrón de los conductores, para que nos guiara en la travesía de la ciudad y en el acceso a la autovía en Ružomberok, seguimos las indicaciones a Poprad. El tramo entre Žilina y Ružomberok, que como digo es carretera convencional, discurre bordeando el Váh (pronúnciese baaj), el mayor río de Eslovaquia, afluente del Danubio. Yo, aun a pesar de ir conduciendo, no daba crédito al paisaje que estaba viendo. Tanto es así, que no encontraba palabras de admiración, y me limité a citar al ilustre Jesulín de Ubrique “en dos palabras: ¡Im presionante!”, broma que BridgetJones entendió a la primera (y se atreve a decir que su español está empeorando).
Gracias a San Cristóbal, a la Virgen de Regla, y a la Virgen patrona de Eslovaquia que no sé cual es pero alguna tendrán porque son muy católicos, lleganos sin contratiempos a la entrada de la Autovía D-1/E-50, y sin desayunar, sólo con aquel café en vaso de nocilla. Como también iba siendo hora de que descansara de conducir, decidimos pararnos en una zona de la autovía donde indicaba cafetería y área de descanso. Al llegar sólo había un aparcamiento. A veces pienso que la señal de la taza de café quiere decir que el café lo tienes que llevar tú en un termo, porque en más de una ocasión la cafetería no está por ningún lado. “Uy, aquí hay un paso subterráneo” dije yo, dirigiéndome ya a él y BridgetJones siguiéndome. Pasaba por debajo de la autovía y daba a un “motorest” y…¡a un lago! “Genios, somos unos genios del turismo” dije yo dirigiéndome como un niño pequeño al lago. Desolado, estaba desolado, ni un barquito ni nada. Pero en dos palabras, im presionante. Como buenos japoneses, sacamos nuestras cámaras y nos pusimos a hacer fotos como posesos. Liptovská Mara es su nombre, el mayor lago de Eslovaquia. En realidad es un pantano, pero como la presa casi no se ve, parece un lago natural. Después de hacernos las correspondientes fotos, dar mil vueltas por los alrededores, decidimos que ya iba siendo hora de desayunar. A pesar del frío, nos sentamos en la terraza porque no estábamos dispuestos a perdernos las impresionantes vistas del lago. Como podéis imaginar, no hay tostadas. La chica nos trajo la carta, y antes de mirarla, pedimos un café (aquí no había capuchinos). En la parte de la carta dedicada a los desayunos, gracias a la traducción de BridgetJones, supe que tenían chorizo, morcilla y otras delicias eslovacas igual de ligeras y bajas en colesterol. Me pedí un chorizo. Bueno, no eran exactamente un chorizo ni una morcilla, pero algo parecido. Estaba muy bueno, pero con un café con leche no hace buenas migas, la verdad. Si es que cada día soy más de aquí ¡lo que hay que ver!
Pues con aquel chorizo y aquel café entre pecho y espalda reanudamos el viaje. Ni que decir tiene, que seguíamos rodeados de montañas, muchas de ellas aún con nieve en las cumbres. Y con los campos de colza de ese amarillo intenso que parece que está elegido para combinar lo mejor posible con el verde. Ya la autovía no se interrumpe hasta mucho después de Poprad, así que no había tentación a la desorientación. Un poco antes de llegar a Poprad está la indicación de la salida a Vysoké Tatry/High Tatras (está en inglés también). “Pues esta será” dijimos, y nos salimos. “¿Es muy grande Poprad? Tiene aeropuerto y todo” pregunté yo. “¡Cuántas veces te tengo que decir que en Eslovaquia no hay ciudades grandes! Somos 5 millones de habitantes y 1 millón está fuera” replicó ella. Ni una palabra más.
Si alguna vez me he sentido pequeño, fue ese día, cuando desde la carretera se veían los impresionantes Tatra enfrente de mí, con las cimas nevadas y rodeadas de nubes.

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2 respuestas a Heidi (segunda parte): en dos palabras

  1. Anonymous dijo:

    Pequeño. Es dificil. Los Tatra a tu lado son algo pequeñito. Me encanta tu entrada. Estoy deseando que continue la historia. Me tienes en ascuas. Eso si, espero que te aprendieras el camino, que yo quiero verlo, pero sin desorientarnos. El cafe y las tostadas nos la llevaremos desde casa y haremos un picnic. Un besoPOCOYO

  2. No te preocupes, sólo es continuar por el E-50, ¡no tiene pérdida!

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