Heidi (y quinta parte)

Un poco de explicación de las fotos: la primera es en el mirador un poco antes de la entrada a la cueva. La carretera que se ve al fondo es la que va al pueblo en el que estábamos; da idea de lo alto que estaba. En la segunda, si la ampliáis y os fijáis bien, hay un punto rojo: es el telecabina que va a lo alto del todo, y en el que por nada del mundo me monto. La tercera es el lago… en dos palabras “im presionante”. Y la última es el sucedáneo de pueblo con una sola calle.

“Menos mal que el carné de conducir me llegó a tiempo y podemos corretear libremente por estos parajes” dije yo. “Yo pensé alquilar bicicletas” replicó BridgetJones. “No me habías dicho nada” “¡Claro, si te lo digo me dejas tirada!” replicó, conocedora de mi aversión por el deporte. De todas formas, como nada la para, está planeando unas vacaciones por Macedonia…¡en bicicleta!
El último día que íbamos a pasar íntegro en aquellas montañas, era bastante completito. Teníamos dos visitas previstas. La primera de ellas a Belianska jaskyňa y la segunda a Skalnaté Pleso. Así que nos levantamos temprano porque la primera visita empezaba a las 9 y media y teníamos que aprovechar el día, que en estas tierras todo acaba muy temprano. Allá que nos fuimos, en el Fabia. Se trata de una gruta de estalactitas y estalagmitas, una de las más famosas de Eslovaquia. No sé cómo alguien las descubrió porque tanto la entrada como la gruta en sí, están un poco altas. Para llegar a la entrada hay que subir andando 20 minutos por un camino de tierra y grava. Pero claro, ese camino lo habrán hecho para los visitantes; cuando la primera persona anduvo por allí aquello sería monte, puro monte y puro bosque (véase la foto). A aquellas horas no había nadie, y nos temíamos que después de la caminata no nos dejaran visitarla porque el número mínimo era cuatro visitantes, y nosotros éramos solo dos. Eso sí, de subir hasta allí por aquel camino y luego bajar, el culo se nos iba a poner muy duro; algo bueno sacaríamos por lo menos. Cuando llegamos a la taquilla, aún estaba cerrada, pero alguien cantaba ópera por algún lado. Supongo que allí estarán también la oficinas de conservación y estudio de la gruta, porque lo que se dicen viviendas, no se divisaban por ningún lado. Temiendo ser los únicos, nos dispusimos a hacer un poco de tiempo y alguna que otra foto, claro. Llegó una señora de unos 60 años, fresca como una lechuga después de haber hecho aquella subida. Mucho más fresca que nosotros y que su hijo, de menos de 30 años, que llegó sudoroso y con otras señales de estar completamente derrotado. Poco a poco fueron llegando más visitantes, principalmente polacos. Así que nos juntamos allí el grupo polaco, las dos parejas checas (con el mini-perro en su bolsa), la madre y el hijo, BridgetJones y yo. Yo era el más exótico de todos, la verdad. Sentado por allí estaba el abuelo de Heidi. Rondaría también los 60 años, o algunos menos quizás, pero es que la montaña estropea los cuerpos. Vino casi toda el camino de tierra y grava detrás de nosotros, hasta que en un determinado punto nos adelantó. Iba con paso lento, pero constante y firme, prueba fehaciente de que estaba más que acostumbrado a caminar por aquellos andurriales. El buen señor se estaba tomando un café, o un té, callado, pensativo, ensimismado en sí mismo, pensando en sus cosas, sin hacer caso a su alrededor. Nos temíamos que fuera el guía, y que con aquella indolencia nos hiciera el recorrido aburrido. Gracias a Dios no lo era, pero sí que era la avanzadilla en la expedición. No sé la razón ni el motivo, pero él siempre iba a la cabeza, como si hubiera necesidad de despejar el camino. Sin abrir la boca, sin hacer ninguna señal ni un gesto. Caminaba un poco delante del grupo y se paraba. ¿Cuál era su función? Ni idea.
Nosotros dos unas veces íbamos en cabeza y otras en la cola, según. Yo no me enteraba de nada de lo que el guía decía, aunque también lo dijera en polaco, y BridgetJones no estaba demasiado interesada. Una de las veces que íbamos en cabeza, bastante retirados del grupo, le dije “me voy a adelantar un poco más para hacer unas fotos”. Ella me miró circunspecta, pero no me lo impidió. Desde lo alto de la gruta me puse en plan japonés, pero olvidé quitar el flash. Toda la cueva iluminada por mi ráfagas, a la vez que oigo algo que supuse iba dirigido a mí, porque contestó BridgetJones. Tuvo la intención de decir que no me conocía de nada, y que yo me las apañara solito. Tuvo el buen corazón de decirle al guía cuando estaba a mi lado que pagaríamos los derechos para fotos a la salida, con la intención evidente de no hacerlo. Pero él no quiso, así que le tuve que soltar en aquella oscuridad 10 euros. Ser pirata tiene estas cosas, a veces te pillan. Eso sí, el buen señor me puso la pegatina en la cuerda de la cámara y con ella sigue como recordatorio de aquel oscuro bochorno.
Yo pensaba que la dichosa cueva no tenía fin. Pero sí lo tenía y después de un interminable pasillo nos encontramos en el punto de partida, precedidos por el abuelo de Heidi. En la bajada por el camino de tierra y grava nos volvió a adelantar con su paso lento, constante y firme.
Como aún no habíamos desayunado, fuimos a hacerlo a un restaurante típico eslovaco que había allí mismo. Al poco llegaron la madre y el hijo, y a pesar de ser algo así como las 11 de la mañana, ella se pidió una cerveza que acompañó con un plátano que sacó del bolso, y él, una pobre Kofola. Nosotros, más tradicionales, nuestros cafés con un dulce. Pero aún nos quedaba la segunda parte de la visita turística: Skalnaté Pleso.
Skalnaté Pleso es un lago (está clarísimo por su nombre jejeje) que está a unos 1600 metros de altura ¡cosas de estas tierras! Para ir allí hay que coger un telecabina, desde uno de los pueblecitos aquellos. Sabíamos el pueblo, pero no sabíamos exactamente desde dónde. Por la carretera ví los postes, y le dije que parecía que no tenía pérdida. Aparcamos y nos pusimos a buscar, pero resultó que las torres que yo había visto eran las del antiguo telecabina, el de tecnología soviética, cerrado por la pinta, hace años. Como a pesar de tratar de seguir una seña que encontramos no éramos capaces de dar con el que estaba operativo, y mira que el pueblo es pequeño, utilizamos una vez más métodos científicos: seguimos a un grupo de niños que tenían toda la pinta de ir allí mismo. No iban al telecabina, iban a su hotel, pero menos mal que estaba junto a las taquillas. ¡Nuestros métodos nunca fallan, nunca! Después de decidir si íbamos a la parte más alta o nos quedábamos en Skalnaté Pleso, tocaba comprar los billetes. Justo cuando BridgetJones estaba en la ventanilla, va la señora y le dice que acaban de cerrar el telecabina, que hay tormenta. Y que a lo mejor en unos 15 o 20 minutos funcionaría de nuevo. Pues nada, plan B: ¿una cerveza al Sol? Al cabo de más de una hora, vimos que de nuevo se movía, y allá que fuimos los dos más dispuestos que ná. Si a mí ya me daban miedo las norias cuando era pequeño, imaginaros el miedo que me da verme así colgado, viendo las copas de los árboles debajo. Y no quiero ni contar, si el que hubiera estado en funcionamiento hubiera sido el de tecnología soviética, con muchos menos pilares y bastante más alto. La verdad es que la ingeniería austríaca tampoco es que me hiciera sentir muy seguro. Sólo íbamos ella y yo en la cabina, y BridgetJones como si se montaba en telecabina todos los días, no paraba de levantarse, moverse y volverse a sentar, haciendo fotos. Encima descubrió que la parte de arriba de la puerta no tenía cristal, con lo que sacaba las manos y la cámara para hacer fotos. Yo, sentado y quieto, inmovilizado y sin dejar de repetirle que se sentara y estuviera quieta de una vez. No me hizo ni caso, claro. ¿Y quería ella que subiéramos a la punta final de la montaña? Ni loco, entre Skalnaté Pleso y el final, es decir la cumbre más alta, no hay ni un sólo poste, y la niebla lo oculta todo. No, no, no. Yo sólo pensaba en la bajada, cuando viera el final hacia abajo, a lo lejos. Pero el espectáculo del lago, como podéis comprobar por las fotos, merece la pena. Eso sí, un frío que pelaba. Por cierto, en la base, donde están las taquillas, indican la temperatura, la velocidad del viento y alguna que otra cosa de las de allí arriba. Aunque decía que la temperatura era de 10 grados, hacía un frío de muerte (o era el que yo tenía después del mal trago).
Bueno, esto está quedando demasiado largo, así que voy a ir terminando en plan breve. Después de la visita al lago, y la vuelta en telecabina, fuimos a dar un paseo por Poprad, porque según nos dijo la señora de la cafetería la gente los domingos se iba a Poprad porque allí sin nieve no había mucho que hacer. Eso hicimos, y allí cenamos, junto con Carlos Marx y Engels. En una pizzería. A la vuelta, que era de noche, uno espera que se le crucen en la carretera (desierta, por otro lado) conejos, zorros, incluso un ciervo. Lo que yo no me imaginaba, y tardé en reaccionar, era que lo que se me cruzaron fueron ¡ranas! Entre la niebla y a ras de la carretera veo algo va dando saltitos ¿qué es eso? Luego caí en que era una rana, y luego otra, y más adelante más. La zoología no es mi fuerte, pero no me pareció el medio más adecuado para las ranas que yo las supongo de climas más cálidos.
Al día siguiente, que ya era el de la vuelta, yo quería salir temprano, por no llegar a Brno muy tarde y porque no sabíamos cuánto tiempo echaríamos en la parada en Vlkolínec, que por supuesto sólo teníamos una remota idea de dónde estaba situado el pueblecito. Pero como genios del turismo que somos, lo encontramos a la primera, a pesar de que está más que escondido. Será por eso por lo que se ha conservado tal y como era hace siglos. El pueblo es precioso, y está situado por la zona donde no hay autovía, y que la carretera va bordeando el río Váh, en medio de las montañas. Decir pueblo a lo mejor es mucho decir, porque sólo hay una calle, y un amago de calle al final del cual está la iglesia. En un museo de artesanía que hay junto a la iglesia hay una placa en honor de un señor de allí que “luchó por la libertad en la Guerra Civil Española”… al parecer, esto de la globalización no es un fenómeno nuevo. El pueblo bien merece una visita, son casas de madera, pintadas de colores, y por el centro de la calle discurre un riachuelo. Aún está habitado, por gente de allí. Quiero decir, que los habitantes ni son artistas bohemios, ni gente que busca un sitio para perderse (éste sería el ideal, no llega ni el autobús). El pueblo es Patrimonio de la Humanidad…¡no me extraña, si es que uno retrocede 5 siglos!

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6 respuestas a Heidi (y quinta parte)

  1. Wunderkammer dijo:

    Yo hubiera sido incapaz de subir allí arriba… buf, cada vez tengo más fobias. Hasta me hubiera pensado lo de la cueva…La verdad es que viendo las fotos tan preciosas está claro que merece la pena.Un saludico.

  2. Anonymous dijo:

    Ranas? Ay dios. Cada día me sorprendes más. Tú y esas repúblicas vistas por tus ojos. Pero es un placer inigualable, que compartas todo esto en el blog, y que escribas. Porque no solo es que lo que cuentas es más que interesante, divertido, emocionante … Si no que el sólo hecho de que lo cuentes es … reconfortante. Reconforta abrir tu blog y ver tus entradas, ver tus fotos, verte a ti. Cada día estoy más convencido de que deberias escribir de forma profesional. Pero ya que de momento no es asi … por favor, sigue deleitandonos en tu blog. Un beso.POCOYO.

  3. Wunderk, te aseguro que merece la pena y mucho. Eslovaquia es una gran desconocida y merece más de una visita. El telecabina que va al lago no está mal, y es nuevo. Pero a mí siempre me han dado yu-yu esas cosas.PocoYo: muchas gracias por los halagos, no los merezco. Sólo cuento lo que veo, el mérito en todo caso es de esta república…¡las ranas no las puse yo! Por supuesto, yo por dinero escribo…ya sabeis que por dinero hablo "talent voice".

  4. Anonymous dijo:

    Por favor, que alguien contrate a este muchacho. JEJJJEJ Como veis talentos tiene de sobra.POCOYO

  5. zeltia dijo:

    Qué interessante la entrada de hoy, cuantas cosas contaste!. Me hiciste imaginar el bochorno en la gruta, la previa dura subida de la cuesta (para mí); imaginé "al abuelo de heidi" con esa maravillosa forma física… pero lo que me aterrorizó fue lo de la cabina, uff, si yo fuese ahí metida, que creo que solo me meterían inconsciente, probablemente hubiera asesinado a B.J. por no estarse quieta!Preciosas las fotos, aunque no he podido ampliarlas, no sé por qué:-(El pueblo, de postal. De postal.Veo que el viajecito dio para mucho. Y yo creo que debes ir practicando ya con la bicicleta :-)ah, y estás muy guapo en la foto.

  6. Gracias, Zeltia, por lo de guapo. Puse la foto para que se viera lo alta que estaba la dichosa gruta.Ciertamente, yo no maté a BJ en la cabina porque era incapaz de moverme, que si no…la amarro al asiento.Realmente el viajecito dio para mucho, para mucho. No paramos ni un momento, y como somos tal para cual, generamos anécdotas aunque no queramos.

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