Una tapa de sandía

Parece ser que las ideas de Zapatero no sólo han calado en esta república, sino también en alguna vecina. Nada más cruzar la frontera polaca empiezan las obras. Y de Cracovia para qué hablar. No sólo la restauración de monumentos, labor siempre loable, sino también la mejora de calles, alcantarillado y travías. En fin, que además del turismo ingente propio de estas fechas, uno tiene que sufrir también las obras. Pero Cracovia merece la pena, ese sufrimiento y más.
Yo ya la conocía, de aquel viaje surrealista que hice por Polonia yo conmigo mismo, y en el que lo único que había cierto eran el billete de ida y el de vuelta. Todo lo demás, todo lo de enmedio, estaba por llenar. Así que como PocoYo ha venido a pasar, otra vez, unos días, programamos un viajito a Cracovia, que no está muy lejos y el Fabia necesita marcha.
La verdad es que no hace tanto tiempo que yo estuve allí por primera vez, y no recordaba tanta gente ni por la calle ni en los monumentos. A la vuelta, he mirado las fotos de aquel entonces, y la memoria no me falló: había menos gente. Y menos monjas y curas por la calle, aunque sigue estando omnipresente Juan Pablo II.
Cracovia tiene algunas peculiaridades. Como la música que marca las horas en la torre de la iglesia de Santa María. No es un reloj con música de un famoso compositor de la localidad, no son campanas especiales, ni hay muñecos que se mueven. Es en vivo. Sí, un señor toca la trompeta, o lo que sea, cada hora. Pero a tiempo parcial. Según la tradición, un habitante de la ciudad trató de avisar a sus paisanos de una invasión enemiga tocando en la torre. Pero con tan mala suerte, que el enemigo lo abatió (no sé cómo ni con qué tecnología avanzada para su tiempo porque la torre es bastante alta) y no pudo terminar de tocar la pieza de música. En su honor, un señor toca la misma melodía pero justo hasta el momento en que a su antecesor lo mataron y, evidentemente, dejó de tocar. Tres veces, en tres de las ventanas de la torre. No sé por qué en la cuarta no, pero no lo hace.
Amante de los planos como soy, me sorprendió que a pesar de ser una ciudad de más de 750 años (cuando estuve por primera vez se estaban celebrando), el centro histórico es prácticamente cuadriculado, a excepción de la calle Real que no es del todo recta. Así que no es muy difícil perderse, aunque PocoYo haya pensado que mi gps integrado es un mito. ¡Para una vez que me desorienté! Según él, tampoco tengo temor de Dios, porque como la cosa más normal del mundo, nos plantamos en Cracovia con el Fabia. Llevaba el recorrido impreso de Via Michelín, otra de mis grandes pasiones, pero donde antes había una rotonda, ahora sólo había barro, agujeros, fosas, grúas y camiones. Esto me despistó bastante, pero continuando todo seguido, como quien no quiere la cosa, llegamos al hotel a la primera. Por casualidad, pero a la primera. Y mira que meterse en coche por el centro de una ciudad que no conoces tiene su cosa.
Esta ciudad también es quizás la más turística de Polonia, y por eso está llena de bares, restaurantes y cafeterías. Sí, cafeterías. No como aquí, que en el mismo sitio te ponen de todo, desde un simple café a un plato de comida. Por cierto, tengo que hacer alguna comida de aquí, que va tocando. Encontramos por casualidad una cafetería-heladería llamada Camelot, en una de las calles que dan a la plaza del mercado (Rynek Glowny). Supongo que el sentimiento capitalista ha calado hondo en los polacos, porque para no perder clientela cuando llega la noche y refresca, en cada silla de la terraza y el patio hay una manta. Así, si te da frío, te la echas por encima y tan agustito sigues tomándote lo que sea. O pides algo más, que es de lo que se trata. Lo raro es que la gente no se las lleva; las mantas, digo. Eso sí, al irse, no la dejan doblada sobre el respaldo que es como estaban. Como en el negocio de la hostelería hay mucha competencia, no es suficiente con poner unas mantas verde pistacho, ni que la decoración del local mezcle lo viejo-antiguo con lo nuevo-moderno . Hay que agudizar el ingenio. Me llamó la atención el primer día que pasamos junto a esta cafetería, yo que todo lo miro y todo lo veo. Pero la señora ya se había tomado lo que fuera que hubiera pedido, y no conseguí imaginar a qué hacía compañía. Así que la tarde que PocoYo y yo estuvimos allí, no pude resistir la tentación de obligarlo a pedirse un batido helado. Y con él venía. Junto al helado, como se ve en la foto, un par de porciones de sandía… para acompañar. Vamos, lo que se dice una tapa de sandía. Estas repúblicas son así, te ponen la cerveza a palo seco pero los batidos de helado con tapa. ¡Si ya dice mi hermano que los polacos son muy raros, que es que piensan mucho!

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3 respuestas a Una tapa de sandía

  1. Anónimo dijo:

    Lo de las mantitas es una idea estupenda (fantastic!!!). He de decirte que tengo un nuevo amor a parte de ti: Cracovia. Pero como hay un pesado llamando para comer el comentario no es mas largo. Un beso.
    Pocoyo.

  2. Zeltia dijo:

    Eso de las mantas me lo contó mi sobrina de algunas cafeterías de Londres también, en alguna terraza.
    Deberíamos hacerlo aquí en A Coruña tambíen, que pasado el mes de agosto, en las terrazas siempre hace frio.

    Me ha gustado mucho la tradición de tocar, con esa leyenda -o historia- de fondo.
    Un saludo para Pocoyo que espero que lo haya pasado bien. [estar contigo -y con el fabia- debe ser un sin-vivir]

    • Ni está, ni se le espera dijo:

      La verdad es que es una buena idea, para cuando el fresquito empieza a llegar. Así se aprovechan las terrazas mucho más, no sólo cuando hay Sol.
      ¿Un sin vivir? Desde luego…

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