La alfombra de tranvías

Es Sábado Santo, por la noche. Voy en el autobús 55 camino de Stará Osada para coger el tranvía 3 que me lleva en apenas 10 minutos a Moravské náměstí, donde había quedado, siéndole infiel al reloj de la estación. No he hablado nunca, creo, de esta plaza. Es una plaza muy socialista, aunque su creación supongo que será anterior porque está prácticamente en el centro. De hecho, es centro porque está justo al lado de Česká. Es allí donde está el Janáčkovo Divadlo, el teatro comunista que tanto me gusta y donde he disfrutado de las estupendas óperas que me han reconciliado con el género. Es una plaza un poco rara. Podríamos decir que son dos plazas unidas. Una de ellas fue remodelada cuando aquellas famosas obras en Česká que pusieron patas arriba todo el transporte público de Brno,y colocaron esa extraña escultura del humanoide asexuado levantando una caja. Detrás de la esquina formada por la iglesia de la Anunciación de María y Santo Tomás Apóstol (extraña conjunción de santos y deidades) encontramos la plaza propiamente dicha, lo otro es más bien una ampliación de la calle. Todo esto, como con un poco de imaginación se adivina en el mapa, son los límites de la ciudad antigua, a partir de los cuales empiezan a abundar los jardines y parques.
Bueno, pues, iba yo en el autobús, en mi mundo, bien vestido y perfumado, rodeado de la oscuridad y la noche más absoluta a las 9. El autobús pasa junto a la iglesia de San Cirilo y San Metodio, santos evangelizadores de estas tierras y culpables del uso del alfabeto cirílico en algunas de estas repúblicas. No en ésta ¡gracias a Dios! Otro monje, cuyo nombre no recuerdo, tuvo la feliz idea de pasarse al alfabeto latino con muchos acentos, pero algo más asequible. ¿Qué pasa ahí con el frío que hace? Me pregunté cuando desde el autobús vi mucha gente en la escalera de la iglesia, muy abrigada. Dos segundos después lo comprendí: una hoguera, un sacerdote y cuatro monaguillos portando sendos cirios encendidos. Acababa de dar comienzo la misa de Pascua. Como todos sabemos, aquí todo es muy temprano, y la misa de Pascua, en la que los católicos celebran la resurrección de Jesús de Nazaret, da comienzo a las 9 de la noche. Claro que ya hace casi dos horas que es de noche. Cuando yo era monaguillo y era un ferviente creyente, también asistía a esa misa (como monaguillo, era obligatorio evidentemente), pero empezaba a las 11 de la noche, también con hoguera, en la puerta de la iglesia de Regla. Siempre me pregunté por qué se celebraba el sábado por la noche, y no a partir de las 12 que ya sería Domingo de Resurrección, como ocurre con la Misa del Gallo. Si entonces me parecía temprano, imaginaros lo temprana que me parece a las 9 de la noche. Eso sí, el ayuno termina antes.
Dejando a un lado las connotaciones religiosas, era un espectáculo digno de ver, aunque yo lo vi de refilón. A punto estuve de bajarme del autobús e incorporarme como curioso a la ceremonia, pero al final pudo más la vida disipada que la inquietud curiosa. Es una iglesia que está un poco alta sobre la calle, y en uno de los laterales hay un parque-jardín. Justo entre la iglesia y el jardín es donde se celebraba la ceremonia. Si ya durante las noches normales, aquí en las calles la ausencia de luz es notoria, ésta y en este lugar era aún mayor este día. Por eso se distinguían el fuego y la llama de los cirios con claridad y las casullas del sacerdote y los monaguillos refulgían en su blanco inmaculado.
La Semana Santa marca, aproximadamente, el inicio de la primavera. El ciclo vuelve a empezar. En esta república se nota, se nota mucho la diferencia. Pasamos de la oscuridad, del marrón y del blanco, a la luz y el verde. En tan poco tiempo que parece magia. De pronto, la hierba empieza a crecer por doquier, los árboles a echar sus hojas y la gitanillas sus flores (las mías antes, porque las he tenido engañadas todo el invierno). Algunos árboles, no sé que variedad serán, antes de las hojas verdes se cubren de una flor blanca que dura apenas una semana. Bilá Hora, la colina que hay junto al mini-piso, está impresionante con esas manchas blancas entre el marrón que aún persiste y el verde oscuro de las coníferas. Y hasta octubre, los tranvías tienen su alfombra.

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