¡Prueba conseguida!

“Bonico, mírame si hay algún autobús a Brno después de las 22.30, he perdido el maldito tren” “Hay uno a las 23:30 desde el aeropuerto, pero a través de Bratislava. Creo que es mejor que vaya a por ti. Tardaré mínimo dos horas” “Bueno, si quieres; llegarás antes que yo, con las tonterías que estoy haciendo”. BridgetJones volvía de Sarajevo, en autobús, y llegaba a Viena a eso de las 9 de la noche, con lo que tenía tiempo más que suficiente para coger el tren. Pero se equivocó: cogió el metro en dirección opuesta. Y no se dio cuenta hasta que el metro se detuvo completamente y se quedó vacío. Es lo que tiene ir por debajo de tierra, que uno no se sitúa. Dio la vuelta, evidentemente, porque qué hacía ella allí en la estación término. Pero de nuevo se equivocó, se bajó en la parada siguiente a la que debía. A resultas de todos estos trajines, perdió el tren.
“Ya la hemos liado” me dije yo a mí mismo y a La Musicalité, que era mi única compañía en el coche, cuando sin temor de Dios, ni de la policía, ni de la lluvia me puse en camino, y a unos 50 km de Brno, la policía estaba desviando el tráfico hacia una carretera tan secundaria que no tenía ni líneas ni arcén. ¡Virgen Santísima de Regla! ¿Y esto dónde da? Métodos científicos para qué os quiero. A seguir al camión, que dudo mucho que vaya a una de estas aldeas. Así era, efectivamente. Todo el desvío, bastante largo por cierto, detrás del camión. ¿Que él ponía el intermitente a la derecha? Yo también ¿Que lo ponía a la izquierda? Yo también. Principalmente por la cola de coches que yo llevaba detrás, por si ellos también estaban usando métodos científicos: la urbanidad y las buenas maneras no hay que perderlas nunca.
Al camión lo perdí cuando me paré en una gasolinera a echar gasolina y borrar los mensajes del roaming, que me estaban poniendo nervioso. Esa misma tarde había recogido el PIN, y me había asegurado de que funcionaba, pero aún no lo tengo memorizado. Así que iba con la hoja del banco donde está escrito, que se supone que es de alta seguridad y debo destruir una vez leído el susodicho. Como a veces pierdo la dignidad y el sentido del ridículo, tuve que leer el PIN en caja, no ayudado precisamente por la presbicia y la escasa luz que a aquellas horas iluminaba la estación de servicio. Allí estaba yo, con el documento con varias hojas que cada una abre para un lado, intentando leer el PIN del demonio, acercando y alejando y volviendo a acercar y a alejar la carta-sobre hasta que conseguí distinguir los números. Menos mal que los que trabajan en gasolineras a esas horas están curados de espanto.
Antes de salir le había echado un vistazo al mapa, para ver dónde estaba la estación de autobuses, y creí almacenar la información en una de esas neuronas que Eduardo Punset tanto aprecia. ¡Ingenuo, eso sólo pasa en Redes! Se suponía que la estación está toda la autovía palante, a la izquierda, en uno de esos nudos de carreteras. Veo el panel que dice Zentrum Erdberg. Pues por aquí es, porque la estación está en Erdbergstrasse. Uy, esta calle no es, y la única señal que había por allí era la de velocidad controlada por radar. Después de varias vueltas por las desoladas calles vienesas, conseguí encontrar Erdbergstrasse. ¡Hurra, ya estoy! ¡Iluso! Llego hasta el final de la calle, cuando ya se convierte en autovía, y lo único que me encuentro es el almacén del correo austríaco y la desolación más absoluta. Uy, un taxi parado, voy a preguntarle… y el muy hijo del Impero Austro-Húngaro se pone en marcha justo cuando yo paro el Fabia. Bueno, a ver si en la gasolinera saben algo. El turco que estaba en caja, con escasa amabilidad, me dijo “el semáforo a la derecha”. Gracias. Semáforo a la derecha y ni una sola indicación de estación de autobuses y ni una sola cándida alma a la que preguntar. Que nadie me pregunte cómo, pero llegué a un sitio en el que aparqué el coche y por el que yo suponía que la estación debía estar. “Ahí, a unos 100 metros de aquí tiene una” me dijo un señor al que pregunté. Pero aquello no tenía pinta de estación de autobuses. Creo que no me entendió, y que estaba aún pensando en los euros que había perdido en el salón de juego del que salía. Uy, unos bambis borrachos, voy a preguntarles. Los borrachos son los mejores dando indicaciones y hablando idiomas extranjeros, lo tengo comprobado. “¿La Estación Internacional?” me preguntó el muchacho más alto y más dispuesto. “Supongo, mi amiga viene de Sarajevo” “Esta aquí mismo, debajo de aquel puente”
La estación, como todas las estaciones de autobuses del mundo entero, es muy cutre. A pesar de ser esto la capital de la rica y desarrollada Austria. “Bonica ¿dónde estás?” fue el mensaje que le envié después de inspeccionar toda la estación y alrededores y no encontrarla. “Ahora mismo salgo a Erdberg” contestó para mi alivio, que temía que estuviera aún dando vueltas por el metro. O aún peor ¡qué no fuera aquella estación!
“No me preguntes cómo he encontrado la estación porque no lo sé. ¿Y ahora cómo salimos de aquí?” “Pues creo que es esta calle palante” “No, no es, vamos hacia el centro” dije yo al rato “detrás de ese edificio hay un par de bares de ambiente” mirando a todos lados y todas las inexistentes indicaciones. “¿Me pongo las gafas para ayudarte? Y tengo un mapa, no sé dónde pero lo tengo” dijo ella con más ánimo de ser cortés que de ponerse la gafas o buscar el mapa. Pero, también sin saber cómo, dimos con la autovía para esta república.
“¡Prueba conseguida!” dije yo cuando la autovía terminó y empezó la carretera normal. “¿Qué?” porque claro, mi comentario fue en medio del relato de sus vacaciones, y carecía completamente de sentido en ese contexto. “Pues que hemos pasado la autovía y la policía no nos ha parado. No llevo la pegatina”.

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