Ya contamos por años (o La bambola)

Que el tiempo pasa que no nos damos ni cuenta, no es algo que haya descubierto yo después de unas horas de profundas reflexiones. Es un pensamiento muy extendido. Y la cuestión, es que ya contamos por años mis aventuras y desventuras aquí. Cuando me vine, España era flamante campeona de Europa y ahora de nuevo está en la lucha; ya me había recuperado del sueño que pasé por ver las pruebas de gimnasia en Pekín, y Londres está ya aquí mismo. El tiempo pasa que es una barbaridad.
En mis inicios en el mini-piso veía desde la ventana del rellano a gente volando pandorgas en el monte que hay junto a él. Como la cabra tira al monte, y yo debo tener algo heredado de la cabra que mi primo y mi abuela criaban en el corral (y que jamás se dejó cubrir) porque allá que veo algún punto alto, allá que voy. Ya sea monte, torre o castillo. Ya lleve zapatos cerrados, zapatillas o chanclas. Pues eso, si allí había gente volando pandorgas, yo no iba a ser menos, y tenía que subir. Arriesgando la integridad de mi piel, cuidada con variedad de lociones y afeites para mantenerla joven y tersa, y a su vez maltratada por el cloro de la piscina, me dispuse a subir un buen día montaña a través. Y lo conseguí, faltaría más, sorteando como bien pude matojos, árboles y otra flora. Y en lo alto descubrí, no sólo que se trataba de una zona recreativa y que se disfrutaban unas vistas estupendas de Brno, sino que había un camino más decente para llegar.
Como de eso ya hace años, ayer, que el día estaba claro y despejado el horizonte, me dispuse a repetir la hazaña, pero esta vez por el camino que le corresponde a un “urban boy”. Así que con protector solar en la cara, cuello y brazos y auriculares en las orejas, emprendí la subida. Oyendo La Bambola, influido por la película que había visto la noche anterior, porque siempre hay lugar para las glorias benditas. Es una subida suave, para peatones, con bancos de vez en cuando para reposar y echar un ratillo de charla si se está jubilado y se va acompañado. Yo recordaba el camino, asfaltado, de bajada que siempre es mucho más liviano. Pero hoy he comprobado que la subida también lo es.
Es primavera, y a estas alturas de blog a nadie debería sorprender la exuberancia de la naturaleza checa, pero a mí sigue sorprendiéndome. Como decía mi hermana el verano pasado, en aquellos casi surrealistas 4 días que pasó aquí en compañía de mi hermano, las carreteras (en este caso camino) tienen techito. Y es que las ramas de los árboles crecen por encima, de tal manera que al juntarse un lado y otro, cubren el camino. Eso ahora está muy bien, porque da fresquito, pero en invierno lo que da es hielo y oscuridad. Era en torno a las 10 de la mañana, con ya 5 horas de sol a nuestras espaldas, y la soledad más absoluta, nadie ni con pandorgas ni sin ellas. Yo ya conocía la zona, como dije antes, y no me sorprendió lo que encontré. De hecho, iba en busca de ello. Pero sí me sorprendió la luminosidad, la claridad y la nitidez del horizonte. A estas alturas ya había dejado La bambola para mejor ocasión, y mis oídos hacía rato que disfrutaban de los sonidos de Bilá Hora, que es como se llama el monte.
Que nadie crea que di con la cima del monte del tirón. Si así hubiera sido, yo no sería yo, o esta república me ha cambiado para siempre. No es un camino único, tiene alguna que otra bifurcación, y unas rudimentarias flechas pintadas en el suelo que indican la dirección a seguir. Eso de seguir las flechas también es algo que me gusta mucho, otra de mis pasiones, que como todo el mundo puede ver, son muy básicas. Y las seguí hasta que me di cuenta de que empezaba a descender, momento en el que me dije a mí mismo “bonito, te has pasado de largo”. Yo nunca quiero, pero las circunstancias siempre me obligan a hacer trampa. Si me facilitan el camino correcto, yo lo cojo. Pero eso casi nunca es así, con lo que me toca hacer trampa. Había visto lo que en sus tiempos fue un campo de voleibol, del que sólo quedaba como muestra el suelo sin hierba de forma más o menos cuadrada y unos oxidados postes que en sus buenos tiempos sostuvieron la red. Intuía que detrás estaba la cima. No me falló la intuición, y mis piernas no sufrieron la agresión de la vegetación porque llevaba pantalón largo, pero los dedos de los pies daba pena verlos porque llevaba chanclas.
“Bueno, me dije a mí mismo cuando ya hice todo lo que quería hacer allí, es hora de que vayas por el tomate triturado”. Creía que algún tetrabrick aún quedaba, y tenía pensado hacer macarrones con tomate. En realidad, para eso salí, para comprar el tomate.

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