Con la fresquita

Un dedo blanco casi transparente, con la uña mal cortada, cuya falta de flexibilidad denotaba su edad, me señalaba el horario. Iba de la hora escrita en la tabla al título de la columna. Y a la vez, el propietario del dedo murmuraba algo, como dándome explicaciones. Es que hay cosas que aún me despistan. Una de ellas son las tablas de horarios de los tranvías, autobuses y trolebuses. En parte es culpa mía, y en parte no, porque el principio general que rige los horarios los entiendo. Básicamente hay tres categorías (y por ende tres horarios diferentes): días laborales, sábados/domingos y días laborales de vacaciones. Mi confusión al mirar aquel panel no la provocaba ni las gafas de sol ni la presbicia: era día festivo pero no era ni sábado ni domingo, y también era período de vacaciones. Es lógico pensar que sería el horario de los domingos. Pues no sé, porque además hay fechas indicadas justo debajo del título de la columna, que indican los períodos de validez o el día suelto en que ese horario está vigente. El señor, con su amable dedo, me indicaba que el autobús salía a las y 12, algo del todo imposible porque allí no había ningún autobús y faltaba sólo un minuto. La verdad es que yo no le presté mucha atención al buen señor… ¡para uno amable que se encuentra uno en esta república y no le hago ni caso! Me dije a mí mismo, “qué prisa tienes, ya llegará el autobús”. Eran las 9 de la mañana y volvía de hacer la compra. Sí, yo siempre he sido tempranero así que no he tenido ninguna dificultad en adaptarme a estos horarios. El súper abre a las 7 de la mañana, y unos minutos más tarde ya está lleno de marujas checas.
Pues a esa hora estaba yo esperando al autobús, bajo un sol de justicia. Porque no sólo en España hay ola de calor. No es una bolsa de aire caliente del Sáhara ni hay polvo del desierto en suspensión, ni es recarmón de levante. Pero calor hace; un poco más de 30 grados, pero calor. Podríamos decir que esta es la segunda ola de calor de este verano porque la primera terminó con una semana de tormentas, lluvia y fresquito no apto para sandalias. Uno de esos días de la primera ola de calor me paré en el centro a la vuelta del trabajo para hacer unas compritas y a la vuelta, cuando iba a coger el tranvía, me encontré a TrasgoDelSur que se estaba despidiendo del novio. “Acompáñame a comprar comida para los gatos” me dijo. “¿Nos tomamos una cerveza fresquita?” contesté yo “con este calor nos va a sentar divinamente”. “¿Dónde vamos?” fue su respuesta. “Pues podemos ir a la terraza de Vaňkovka , allí a lo mejor hace fresquito” sugerí. “Eso está muy lejos, que me estoy meando. Aquí en la estación hay una terraza” dijo TrasgodelSur. Y allí fuimos, pero la terraza aunque abierta de par en par, parecía estar desatendida. Así que fuimos dentro y compartimos la mesa con una enjuta señora entrada en años, lo que no le impedía dar buena cuenta de una cerveza y fumar como una carretera. Mientras TrasgodelSur iba al aliviadero, se quedó libre una de esas mesas altas con taburetes altos que son muy complicados para sentarse porque hay que dar un saltito para subir y un salto para bajar, junto a la ventana… con vistas a las vías. Pero por lo menos cabía la posibilidad de que entrara un poco de fresco. Uno está acostumbrado que a esas horas, en torno a las 6 de la tarde o algo antes, la gente en las cantinas de las estaciones esté bebiendo café o comiendo un bocadillo de jamón o tortilla. Aquí no, aquí todo el mundo estaba bebiendo cerveza, y dudo mucho que fueran pasajeros. “Yo en Méjico jamás hubiera ido a un sitio como este” dijo TrasgodelSur mirando a los parroquianos. “Yo tampoco en España” dije yo. Eso, por supuesto, no nos impidió dar buena cuenta de un par de pares de cerveza. Y luego, con la fresquita, cada uno se fue a su casa. “Oye, ¿y la comida de tus gatos?” le pregunté. “Bueno, creo que tengo un par de latas de albóndigas para gatos; con eso se van a apañar hoy” contestó.
Es evidente por lo que acabo de contar, que en la cantina de la estación no había aire acondicionado. Ya he comentado en alguna ocasión que ese es un bien escaso en estas tierras, maquinaria que para ellos está de sobra la mayoría de las veces. Pero no sólo el aire acondicionado, sino también los extractores de aire. Nunca los he echado más de menos que el otro día, en la segunda ola de calor en la cual aún estamos inmersos. Allí no había quien estuviera, tal vez por eso había tan poca gente en Depo.

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