Lo vamos a arreglar, lo vamos a arreglar

La nota en la puerta delataba que en mi ausencia alguien había estado buscándome. Un folio pegado con cinta de carrocero en el quicio del marco de la puerta, escrito tanto en checo como en inglés. Quienquiera que hubiera estado buscándome suposo que tal vez yo no hablara el idioma local. O simplemente era que la plantilla usada estaba redactada en ambos idiomas. Porque era a ordenador, no a mano. Y en folio blanco, no de rayas ni cuadriculado. Yo regresaba de Viena, de dejar a la visita. Pero todo empezó antes, y a día de hoy, aún no ha terminado.
Ignoré el timbre porque creía que era el portero electrónico, y como no esperaba a nadie y como no me iba a enterar de lo que me dijeran, no le hice caso. Pero sonó de nuevo, y entonces me di cuenta de que era la puerta no el portero, lo que estaban tocando. Así que abro, y me veo a un muchacho que si bien de barriguita cervecera, exhibía unas muy suaves y armonizadas facciones eslavas. “Acabo de volver de fin de semana y tengo la pared de la entrada húmeda” me dijo en inglés cuando vio mi cara de póker cuando empezó a hablar en checo “¿tienes algún problema con el agua?” “No, contesté yo, todo está bien. ¿Eres nuevo en el piso de abajo?” “Llevo ya un año” dijo él. “Ah, es que hace algo más de un año hubo el mismo problema. Aquí todo está bien, el vecino pintó la pared y ya está. Yo no sé qué puedo hacer, porque no sé dónde está la llave de paso del agua… ¡como no sea dejar de usarla mientras tanto!” dije yo de un tirón. “No hombre, no. Voy a avisar al encargado del edificio a ver qué hacemos” me tranquilizó él.
Pero en el folio pegado en la puerta no había escrito ningún nombre masculino, sino de mujer, y un teléfono al que llamar. Eso hice, completamente seguro de que sería atendido en inglés. No dejo de ser un ingenuo, a pesar de los años. No, la chica no hablaba inglés. Pero a trancas y barrancas consiguió decirme que un compañero suyo me iba a llamar. Se agradece. Y no me llamó, se presentó en el mini-piso, porque él vive en el bajo. Pasó a inspeccionar el cuarto de baño, y descubrió un triste e intermitente goteo en el cacharro de la calefacción y el agua caliente. “No creo que esto provoque la filtración del vecino de abajo, porque es muy poco. Voy a llamar a un técnico que le eche un vistazo. Creo que aún está en garantía” me aclaró “pero esto lo vamos a arreglar, lo vamos a arreglar”. Aproveché que este señor estaba allí para decirle que el portero automático no funcionaba, que no habría la puerta (la reparación hecha por mi casero dejó de ser efectiva al poco tiempo). Lo toqueteó un poco, miró por todos lados al aparato como si el auricular de un portero tuviera mucho que mirar. “Voy a avisar al electricista” me dijo cuando se cansó de mirar el portero.
Al rato vuelven a llamar a la puerta… ¡con lo cansado que yo estaba ese día por el madrugón para ir a Viena y volver! ¡Y la tensión acumulada del miedo gitano a la policía! “Traigo al electricista, que por casualidad estaba por aquí” me dijo el mismo señor. El electricista no tenía desperdicio: un mono rojo y gris ni sucio ni limpio, su gorra y su caja de herramientas. Antes de decir hola, ya se había quitado los zapatos y pasó a lucir unos ni sucios ni limpios calcetines negros. “Voy a la puerta para que hacer pruebas” me dijo el caretaker que es como este buen hombre se autodenominaba. Así que el electricista se puso sus gafas del cerca, la presbicia no entiende de profesiones, y empezó a desmontar el telefonillo. Hizo la misma reparación que mi casero, es decir, poner la chapa de contacto del botón con la llavecita pintada un poco más hacia afuera para que hiciera buen contacto. “Funciona, funciona, pero tienes que mantenerlo presionado un rato” me dijo el caretaker “y el problema del agua lo vamos a arreglar”.
El jueves me llamó para preguntarme cuándo estaría en casa porque iba a ir con el técnico de la calefacción a echar un vistazo. “Pues hasta las 7 no puedo, que tengo clase de checo” respondí. “Lo vamos a arreglar, lo del agua lo vamos a arreglar” repetía el caretaker como un mantra. Allí se presentaron los dos, el caretaker y el técnico, pasadas las 7 de la tarde. No me lo esperaba joven, aunque sí con su barriguita de cerveza pilsen y su cara de desagrado. Zapatos fuera y calcetines grises al aire (cuando digo fuera, quiero decir fuera: en el descansillo de la planta; de hecho, cuando abrí la puerta se estaba quitando los zapatos). Inspeccionó el cuadro de la calefacción y sacó su smartphone para hablar con la chica con la que yo hablé al principio. Como si de un traductor simultáneo se tratara, el caretaker me iba informando de lo que hablaba. “Sí, esta gota es la que ha provocado la humedad en el piso de abajo… hay que arreglarlo cuanto antes… la semana que viene… no, no está en garantía… hay que pagarlo… ¿vives de alquiler o es tuyo el apartamento?… lo vamos a arreglar, lo vamos a arreglar… lo importante es arreglarlo, ya se pagará de alguna forma… porque es una pieza cara… es el mejor técnico de Brno”. Evidentemente, algunas cosas eran de su cosecha. “¿Cuándo estarás en casa la semana que viene?” me preguntó. “Pues por la tarde, dije yo, pero si tiene que ser por la mañana, puedo trabajar desde casa ese día” “Lo vamos a arreglar, lo vamos a arreglar… dime el teléfono de tu casero, para hablar con él”
“¿Es que tienes algún problema con el agua?” Me preguntó BridgetJones al día siguiente. “Sí, el vecino de abajo tiene una filtración, le dije yo, pero ¿tú que tienes que ver en esto?” “Me ha llamado tu casero, contestó ella, para ver si te viene bien el martes a las 5” “¡Qué petardo es, qué petardo!”dije yo antes de que ella terminara su frase. “Lo que me faltaba, continué, era que se me presentaran allí el técnico, el caretaker, mi casero, su mujer y la niña… ¡en mi casa no cabe tanta gente!” “Bueno, dijo ella, organizas una heating-party, preparas comida para todos y listo” “Sí, claro, lo que me faltaba” dije yo muy contrariado.
Y por aquí vamos.

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