Desde que se tienen registros

Parece ser que ayer se alcanzó la mayor temperatura en esta república desde que se tienen registros: 40,4º C. Son muchos grados, la verdad, para esta república y para cualquier parte del mundo. Pero hoy ya está el día fresquito.
También desde que tengo registros, es decir, 4 años, he visto a dos señoras con un abanico. Una de ellas iba en el tranvía, sentada enfrente de mí. La ocasión lo merecía. Si en el exterior hacían unos estupendos 40,4ºC, no quiero ni imaginar lo que hacía dentro del tranvía. Gracias a la Virgen de Regla, no hay termómetros en el interior… ni en el exterior. La otra señora estaba en Hlavní Nádraží. Son las dos únicas personas que durante este tiempo he visto abanicarse con un abanico, no con una revista o un trozo de cartón. Los abanicos, los dos, eran para verlos. Las señoras no tenían relación entre sí, al menos que yo pudiera adivinar (una iba en el tranvía y la otra estaba esperando en la parada, y no se cruzaron ni miradas ni saludos), pero los abanicos sí. Ambos con las varillas de plástico, con ornamentos de purpurina dorada en ellas, y un falso encaje en el extremo, la tela decorada con la imagen de una isla rodeada de un mar muy muy azul. Se trataba de alguna isla de Canarias o Baleares, pero no llegué a distinguir cual de ellas. Evidentemente, recuerdo de unas vacaciones no muy lejanas si aún conservaban el abanico a mano.
Algo sí tenían en común ambas señoras, y era la falta de gracia para abrir y cerrar el abanico y, entre medias, abanicarse. Claro que la calidad de los abanicos no permitía muchas florituras, por más destreza que se tenga con ellos. Lo abrían de un golpe y también lo cerraban con uno sólo, pero no con la seguridad de las señoras patrias en misa. Sé que a esta república le cuesta mucho aceptar todo aquello que venga de allende sus fronteras, aunque sea un gran invento. Pero no entenderé jamás, si conociéndolos, no han adoptado el abanico; sobre todo en un sitio donde el aire acondicionado es tan escaso. Es barato, duradero, no necesita mantenimiento, cabe en cualquier sitio, puede ser incluso una obra de arte y cumple su función a la perfección. Además, el sonido de los abanicos contra el pecho en misa o cualquier otro sitio cerrado, no tiene precio.
¿Y qué hice yo esa tarde calurosa si no tenía abanico? Pues una ensalada de garbanzos para que al día siguiente BridgetJones y yo comiéramos medianamente sano. Y luego, con la fresquita me fui, o subí, a Bilá Hora, que entre el bosque y la altura, corría un fresquito muy bueno. Apenas había gente, a pesar de que los brunenses hacen mucho uso de los espacios públicos. Pero los pocos que había, 5 en total sin contarme yo mismo, eran una pareja de enamorados que no paraba de hacerse fotos; bueno, enamorados del perro, porque él le hacía fotos a ella con el perro, y al perro solo. Y un trío de jóvenes con sus correspondientes cervezas, patatas fritas y guitarra. Al parecer estaban ensayando algo, o aprendiendo a tocar alguna canción nueva (en puro checo) porque una de ellos le quitó la guitarra al chico rubio de pelo suave y, usando a la chica restante como atril donde apoyar la partitura, empezó a tocar y cantar más mal que bien. Pero ella le ponía voluntad, mucha voluntad. En fin, que la escena en la cima de Bilá Hora parecía sacada de una película cursi. Porque para más inri, llegó un muchacho (hace tiempo que había dejado de ser bambi), que se sentó, contempló la puesta de sol y se marchó: deprimidos hay en todos sitios.

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