Ciclos

“¿Pero no lo comprobaste en la página web?” Me preguntó BridgetJones. “Sí. Yo vi que entre semana estaban las calles reservadas para los equipos de natación sincronizada, buceo y esas cosas. Así que pensé que también estaba abierta para el público general. La verdad es que un poco más abajo, donde pone la temperatura, ponía zavřeno… pero pensé que era un error” dije yo, en plan defensa/justificación, “mi deducción no podía estar mal”. “Claro, por supuesto” replicó BridgetJones. El caso es que cuando el viernes llegué allí, el olor a pintura que se olía desde fuera ya me hizo pensar que algo estaba mal, pero pensé que estaban dando los últimos retoques. Aunque también pensé que, según yo entendí en junio, iban a arreglar la entrada y los vestuarios. Pero las losas de la entrada seguían con esos desniveles que sólo empareja la nieve. Y la puerta era la misma del año 1954. Yo seguía pensando lo mismo: los últimos retoques. Motivos para pensarlo no me faltaban, por allí andaba un pintor con una brocha en la mano, y alguno más con un taladro. Pero al entrar, lo primero que vi fue una pila de bancos cubiertos por plástico transparente, y la cabina de la caja… no la vi porque había desaparecido. Con esa habilidad mía de situarme en un plis plas, y asimilar el territorio como si en una guerra a campo abierto estuviera, me percaté de la chica de la caja que suele estar los fines de semana, rubia ella. Pero la buena muchacha estaba sentada en medio del hall frente a una mesita de playa con un mini-ordenador y zampándose la merienda. Yo la conozco de otros años, claro, así que me acerqué a ella. Cuando me vio acercarme, soltó el bocadillo en el poco espacio libre que quedaba en la mesita de playa, extendió sus blancas manos y las cruzó una sobre otra varias veces, como signo inequívoco de que la piscina estaba cerrada. “Closed?” dije yo. Ella ya sabe que no hablo checo. “Yes, fifteen” dijo ella. “One” y enseñaba el dedo índice “five” y enseñaba todos los dedos. Así que está bien claro que la piscina la abren el sábado.
Con la reapertura de la piscina, después de sus ya tradicionales reformas veraniegas, empezamos un nuevo ciclo. O el ciclo es el mismo y estamos al principio. El caso es que ya tenemos burčák otra vez, signo inequívoco de que el invierno está llamando a la puerta. El burčák es una especie de mosto, algo así como el primer vino. En cuanto que llegan los últimos días de agosto se empiezan a ver los carteles de que se vende burčák y montan los puestos callejeros. La verdad es que no invita mucho a beberlo, todo sea dicho. Es turbio, con poso y más parece un caldo del puchero que un vino. Pero está bueno, y como lo que no mata engorda, pues padentro. Además los que somos de pueblo, criados entre las gallinas de mi abuela, los conejos de mi primo y la cabra de ambos, estamos inmunizados contra casi todo. La medovina es otra cosa, es mucho más elegante. Transparente, dorada y humeante. Pero llega más tarde, cuando hace más frío, igual que el svařák. En fin, que con la temporada de piscina, de burčák, de medovina y de svařák nos vamos preparando para el invierno y para pasar las tardes en náměstí Svobody con un vaso de alguno de ellos en la mano.

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