Praterstern Bahnhof

El billete del autobús que no era

“Es otro autobús” me dijo el conductor cuando, al bajarme, le pregunté por dónde estaba la estación. “A 100 metros tienes una parada de metro” continuó. Me lo podía haber dicho antes, pensé yo. Pero claro, es que antes no le había preguntado; y eso que el total de pasajeros se reducía a mi cansada persona. Todo empezó antes, claro, porque esto ya era en el centro de Viena. Me había jurado, prometido y tratado de asegurarme de que no me iba a pasar lo del año pasado. Y en parte lo he conseguido. Aunque, cuando uno sale de su casa está expuesto a que le pasen cosas, sobre todo si no se tiene temor de Dios, ni de la policía ni de los revisores. Digo que lo he conseguido en parte porque al final he llegado a mi casa a la misma hora que el año pasado, pero sin pasearme por la noche de Bratislava con una maleta naranja. Por Viena me he paseado en varias ocasiones, de día y de noche, pero sin maleta… hasta ayer. Bueno, hoy.
“Ese es mi asiento” le dije al caballero, aunque la que lo ocupaba era una señora. Supuse que viajaban juntos, aunque, como también supuse, habían dejado el asiento de en medio para su mayor comodidad. “¿Cuál lleva usted, caballero?” me preguntó él. Ese “caballero” me sentó como una puñalada porque desvela que, aunque bien llevados, los años se notan. “16F, F siempre es ventanilla” repliqué porque yo veía que el caballero se disponía a discutir cuál era el F y cuál el D. En realidad a mí me daba igual, fue gentileza de la chica de facturación, pero no tenía ganas de aguantar a la excursión de bambis que ocupaba medio avión y que seguro que irían de un asiento a otro. A mí, mi ventanilla, tranquilito y aislado. ¡Ingenuo! Siempre lo he sido, como ha quedado demostrado en repetidas veces y entradas en este insigne blog. Fueron dos horas y media de tormento. Sí, eran matrimonio, o al menos pareja que convivía bajo el mismo techo. “¡Que te calles! ¡No te rías más de mí! Cuando a ti te pase algo me voy a reír yo” eran las cosas más suaves que la señora le decía al caballero. Era, además, como una niña pequeña “¿le has pedido el hielo?”, al momento (cuando el caballero ya se lo había pedido, en alemán básico, pero alemán) “¿se lo has pedido?”. El hielo llegó, ello lo usó porque le dolía en la frente (se había dado un golpe, que era de lo que el caballero se reía), y, claro, también se derritió… y lo puso todo perdido de agua. Y también vomitó, dos veces. Y no hacía más que culpar al caballero de que ella no tenía ventanilla, que si la hubiera dejado a ella facturar… un tormento, en resumen. Después de esto ¿con qué ánimos se enfrenta uno a 8 horas de espera en el aeropuerto de Viena? La terminal es nueva, vale. Es muy bonita, vale, toda blanca y negra. Tiene internet gratis, vale. Pero son 8 horas. El avión llegó a las 11 de la noche y el tren salía a las 6:50… de Praterstern Bahnhof. ¡Toma ya! ¿Y eso dónde está? ¿Y allí cómo se llega? Menos mal que tenía 8 horas e internet gratis para investigar. Internet me valió para saber dónde estaba, pero no para averiguar cómo se llegaba. Todo el mundo sabe lo que a mí me gusta una oficina de información. En el aeropuerto de Viena, como corresponde, hay una; pero parece que cierra a las once, porque la señora que la atiende cogió su chaqueta, apagó el ordenador y nos dejó a los integrantes de la cola con dos palmos de narices. Pues nada, a buscarse la vida. Con la nueva terminal también hay nuevas paradas de autobuses, y por tanto, nuevos carteles con una mapita del recorrido del autobús (hay 3 líneas del centro al aeropuerto, todo muy moderno). Yo elegí la que creía que era la correcta porque su término era en una plaza junto a la estación. Las otras dos no pasaban ni de cerca por Praterstrasse. A esa conclusión llegué después de mucho mirar los planos y mucho arrastrar la maleta de una parada a otra. Que vale, están una detrás de otra, pero uno tiene que retener en su cabezita el recorrido y encima todo está en alemán. Y todo para que el conductor me diga, cuando ya no hay vuelta atrás, que aquella no es la línea. Pues nada, ¿quién dijo miedo? A buscar la boca de metro. Encontrada. Algunos turcos con caras de pocos amigos y vestimenta de más bien escaso estilo, alguna que otra trabajadora madrugadora y yo con la maleta naranja y cara de despistado era la fauna del metro a aquella hora. Praterstern Bahnhof es una estación muy moderna, porque en Viena no sólo hay edificios imperiales, amén de la más importante de la ciudad. Yo nunca había estado, hasta hoy. Todavía no habían dado las 6 de la mañana, con lo que aún tenía 50 minutos para encontrar el despacho de billetes. “A lo mejor está arriba, junto a los andenes” me dije yo a mí mismo después de buscar por todo el hall y sortear decenas de indigentes. “Pues no, aquí sólo hay vías y frío. Pues por algún lado debe haber una máquina… si en España las hay” me volví a decir al mismo tiempo que veía en los carteles un símbolo que parecía un billete de tren y que señalaba fuera del edificio. “Pues es verdad” asentí cuando vi rotulado bien hermoso “Tickets & Info”, pero no abrían hasta las 6 y media. A todo esto, yo ya había localizado las maquinas de billetes, que sólo hay dos escondidas detrás de una columna. Y, por supuesto, ya las había toqueteado: tienen pantalla táctil. Muy moderno todo.
“Un billete para Brno, por favor” pedí yo en cuanto abrieron. “Aquí no es” me dijo la señora, aún masticando el último bocado de su desayuno. “Es en el hall, en la oficina grande, pero abren a las 7 media. O lo puede usted comprar en las máquinas” continuó. Mi gozo en un pozo. “¿Sabe usted si el billete que hay que comprar es el que pone Brunn/Erlaub?” pregunté (Brunn es Brno en alemán, Erlaub no tengo ni idea). “Pues no sé, yo soy de Wiener Lines” fue su respuesta. Cuando se estaba imprimiendo en la maquinita mi billete para Brunn/Urlaub, una muchacha me pregunta si sé usarla. “¿A dónde va?” pregunté yo, cortésmente porque yo rápidamente me solidarizo con los viajeros despistados y atribulados. “A Brno” dijo ella. Y continuó “ah, es que has escrito Brno en alemán, por eso no lo encontraba. Y como también pone abroad, no sabía cuál era”. “Pues yo he comprado este, no tengo ni idea si es el válido, pero por el precio debe ser este. Ya veremos qué pasa en el tren”. Lo dicho, sin temor del revisor. Y no dijo ni mu, el revisor digo: lo cogió y lo selló. El revisor checo se lo pensó. Sí, hay un revisor por país. Se pasa la frontera y vuelven a revisar los billetes. Da tiempo a echarse una cabezadita entre revisor y revisor. Pues el checo lo miró y lo remiró, pero también lo dio por bueno.
Y por fin, con todos estos tejemanejes, llegué a Brno de nuevo, con su nieve, sus grados bajo cero y mis calzoncillos largos.

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