Ráno

Exhibition

“Esta república me ha engañado, otra vez, me maltrata” le dije a Princesa cuando en la parada del tranvía esperábamos que llegara TrasgoDelSur. “Sí, con el día que hizo ayer, de primavera” replicó ella que, con las orejeras para evitar que las orejas se le cayeran a trozos, parecía una adolescente con auriculares. Mientras en España todo el mundo estaba como loco viendo las fotos de La Alhambra nevada, aquí disfrutábamos de un radiante sol y unos estupendos 8 o 10 grados. Uno, que se ilusiona pronto, creía que eso ya era para siempre. Pero no, la realidad se presentó tal cual es, y ese día no fue más que un espejismo. En fin, que eran las 6 y media de la tarde, bueno, de la noche porque ya estaba oscuro como boca de lobo y cada vez hacía más frío. Habíamos quedado allí para ir a la inauguración de la exposición del novio de TrasgoDelSur, el Artista.

“Dice NiEstá que mejor nosotros nos vamos y que te esperamos allí, que hace mucho frío” le dijo Princesa al ausente, que la había llamado porque llegaba tarde. Yo no sé en realidad si ella sabía dónde era exactamente, pero su marido al parecer sí. Así que nos pusimos en camino. La verdad es que os imaginareis que al ser la inauguración de una exposición, ésta sería en una elegante galería o un centro cultural. ¡Para nada! Era en un bar. El Duck Bar. Casi en medio de la nada. Bueno, miento, en realidad está en la ladera de una de las colinas que rodean Brno, justo enfrente de la Feria de Muestras, en un barrio medio elegante; supongo que con mucha vegetación porque, como era de noche, no veía muy bien. Y el camino para subir, bastante escaso de iluminación. Pero nosotros, obedientes como nosotros solos, seguíamos sin rechistar al marido de Princesa. “Los treinta me están matando” dijo ella mientras subíamos por aquel camino sin ver el final. “Ay, Princesa, tú estarás en el tercer piso, pero yo… yo estoy más cerca del quinto que del cuarto, y un quinto sin ascensor” le dije yo en unos de las fugaces paraditas para recobrar el aliento, maldiciendo el paso del tiempo. Pero bueno, llegamos al Duck Bar. Apenas había gente, aparte de Artista (obviamente) y un cuarteto de extranjeros en una mesa que nada tenían que ver con nosotros. Es un local alternativo, que probablemente antes que bar fue vivienda. Por la distribución, lo digo: se entra directamente a lo que en su día fue una sala de estar, y donde ahora está la barra. A la derecha, una pequeña habitación en la que sólo cabe una mesa, que en realidad es más bien un corredor que da a la habitación principal, donde estaban los cuadros expuestos. En el otro extremo, los servicios, indicados por un urinario encima de la puerta con una bombilla dentro. Es uno de esos locales que tanto abundan por esta centroeuropa, una mezcla entre kitsch y falta de recursos: paredes de vivos colores, sillas y mesas que son cada una de su padre y de su madre, música que va desde Tom Waits a salsa… Lo único que le daba un poco de glamur al sitio eran las pinturas de Artista, y nosotros ¡claro! “Pues aquí vienen muchos extranjeros” me dijo Princesa. “¡Ah! ¿Sí? Pero si por aquí no hay nada…” dije yo, asombrado.

La exposición de llama “Ráno” que significa “mañana” pero de cuando uno se levanta, con los ojos pegados y muy pocas ganas. Excepto dos, conocía todos los cuadros, que iban evidentemente de recién levantados: TrasgoDelSur mirándose en el espejo sin verse, el hermano de Artista tomando un café mañanero y más ausente que presente, Artista limpiándose los dientes… todo muy cotidiano. La verdad es que a mí siempre me han gustado sus pinturas, desde la primera vez que las vi. Y no es a la primera inauguración de exposiciones suyas a la que voy, siempre en bares.

La parroquia, tan variopinta como el local. No me refiero a los invitados a la exposición que a fin de cuentas éramos sus amigos, familiares y conocidos varios. Me refiero a los que estaban por allí, empezando la noche con su primera cerveza. “Ven, que he encontrado uno para ti -me dijo TrasgoDelSur-, habla español y le he dicho que tú lo eres y quiere conocerte. Ha vivido en España” “¿Quién es?” le pregunté. “El del gato” respondió él. Efectivamente, un parroquiano con un gato gris perla en los brazos como si de un niño pequeño se tratara. Se llama Chico, el gato no el muchacho. En un tris estuve de decirle que se llama como yo, depende de quién me llame. Pero mejor que confianzas las justas. Así que tras un intercambio de impresiones básicas para cumplir con las normas de buen comportamiento, volví con Princesa, con su marido, con el cantante del diente roto y los demás.

“Vámonos ya que perdemos el autobús” dijo el marido de Princesa. Y eso hicimos. Pero no bajamos la cuesta, sino una muy bien nivelada calle que terminaba en Vídeňská . “Podíamos haber venido por aquí” pensé yo, mientras le explicaba a Princesa por qué yo conocía aquella parte del barrio. Pero esa es otra historia.

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