Con la cabeza

manos

Hay veces que cualquier cosa que uno se encuentra sin buscarlo te despierta recuerdos del pasado. No es que me vaya a poner nostálgico ni mucho menos. Pero cuando hoy leía el periódico me he encontrado con un artículo de opinión de un analista político inglés, que a pesar de ser británico es europeísta y de mente lúcida y cabal, que hablaba sobre la obsesión de los alemanes por los títulos académicos. Los que las personas poseen, no los títulos en sí. Y esto me ha traído a la mente algo que no había tenido ocasión de comentar. Algo que en su momento me causó bastante perplejidad, pero que debido a la vorágine en que estaba sumido en aquella época, no comenté. Es que era un cosa con otra, antes de acostumbrarme a algo ya había cambiado o aparecido algo nuevo.

Todo empezó nada más llegar, cuando unos desalmados consideraron que la documentación del coche estaba mejor en su poder que en el mío. A la caterva de policías que acudieron a tan magno acontecimiento, se unió al tiempo el intérprete. Pues el buen señor me preguntó, en el mismo lote de preguntas que el domicilio y esas cosas, mi título. “¿Qué título?” pregunté yo. Se refería a mi nivel de estudios. Bueno, como era un informe policial, no lo vi tan extraño. Pero a partir de ahí, cada vez que tenía que rellenar un formulario, en el bloque de los datos personales, siempre pedían, y aún piden, el título del solicitante. Ing., Ph. Dr o lo que sea, que precederá al nombre en lugar de un elegante, discreto y respetuoso Sr. o Sra (Pane, Paní). Pero no sólo en el correo, muchas veces lo encontramos también en los porteros automáticos (como todos sabéis, aquí no están numerados, sino que ponen el apellido). En el mío está mi nombre completo, sin Pane, que los dos apellidos ya lo hace bastante largo, pensarán ellos.

Un viernes de este larguísimo invierno estaba tomándome la cerveza número… (bueno, da igual, esa no es información relevante) junto con gente tan respetable como Tracio, TrasgoDelSur y Artista, Princesa y su marido, en un lugar igual de respetable. Junto a nosotros un grupo de caballeros y un bambi rubio de pelo suave. En realidad, ya no era bambi pero no hacía mucho tiempo que había dejado de serlo. El bambi no paraba de mirarme, algo no del todo extraño porque el local en aquella época era aún más pequeño que ahora y el pobre muchacho no tenía muchos sitios donde fijar su mirada de ojos azules. Bueno, pues de pronto, Princesa (que se dejó la vergüenza en Colombia) entabló conversación con el muchacho. Llamarlo conversación es ser generosos: el checo de Princesa es mejor que el mío, pero esto no es mucho decir ya que el mío es prácticamente nulo. En resumen, que ella hacía de celestina, y el muchacho y yo empezamos una conversación (si alguien conoce si existe una palabra para nombrar lo que dos personas dicen pero ninguna entiende lo que dice la otra, que me lo diga). A trancas y barrancas nos comunicamos. Es complicado tener algo que se pueda llamar conversación, utilizando sólo nominativos e infinitivos en checo y en inglés. Pues el muchacho era eslovaco, y estaba pasando el fin de semana allí con unos amigos (los que lo acompañaban). Pues eso, que entre infinitivos y nominativos me preguntó a qué me dedicaba. Le dije mi profesión, pero el muchacho no comprendía en qué consistía el trabajo.

En un intento de arrojar un poco de luz al asunto y después de pensar un rato y buscar los infinitivos y nominativos adecuados, me preguntó “¿Trabajas con las manos o con la cabeza?” Pues no sabía qué responderle: el teclado y el ratón se usa con las manos. Pero opté por decirle que con la cabeza, a pesar de que no llevo ningún peso sobre ella ni voy dando cabezazos de 8 a 4 y media, de lunes a viernes. “¿Y tú?” le pregunté yo. “Yo conduzco un tráiler” me respondió. Pues no lo parecía el muchacho, pinta de camionero tenía poca. Me hubiera gustado preguntarle si él consideraba que su trabajo era con las manos o con la cabeza, pero era muy complicado.

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2 respuestas a Con la cabeza

  1. Pepe Castro dijo:

    A eso a lo que te refieres que tuviste con el chico eslovaco es a lo que normalmente se le llama conversación, solo que a lo bestia: a nadie le importa nada lo que diga el otro; en caso de ser educados, esperan a que se calle para decir lo realmente importante, je, je.

    • Bueno, es algo parecido a lo que hacían los primeros homínidos cuando estaban inventado el lenguaje: emitían sonidos que los otros no entendían. Con el paso de los siglos consiguieron estandarizarlo y entenderse unos a otros. Eso me pasa a mí, con los siglos entenderé este idioma cruel 🙂

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