A la hora de los toros

Las cintas, y los bailarines bajándolasLos marineros llegando

Las fotos son de la página del teatro


“Bonico ¿cuánto dura la ópera?” me preguntó BridgetJones. “Pues no sé, pero es larga, creo que dura tres horas” contesté. “Puede ser, me parece que Samantha me dijo lo mismo” dijo BridgetJones, y continuó “creo que tengo un marrón”. “¿Qué pasa?” pregunté yo, temiéndome lo peor. “Pues que tengo que estar en el aeropuerto de Praga el domingo a las 3 de la mañana, y no sé si hay modo de llegar allí después de la ópera” dijo. La ópera era en Brno, claro. Antes de que terminara, ya estaba yo pensando a quién embaucar para que nos acompañara a Samantha y a mí. En una fracción de segundo, ya había hecho un repaso a la disponibilidad de la mayoría de la gente que conozco. Es que era un pena desperdiciar una entrada tan buena: fila 6, asiento 14. “Voy a llamar a Student Agency, a ver si hay algún autobús más tarde” me dijo BridgetJones. Y lo había, a las 10 de la noche. Tiempo más que suficiente para las dos cosas.

La ópera empezaba a las 5 de la tarde, la hora de los toros. Ya sabemos que en esta república y las aledañas, todo empieza muy temprano. Sin ir más lejos, la cena de la Hispanidad que organizó LeónPeregrino era a las 7 de la tarde. Lo único que no era hispánico, la hora. En fin, que quedamos a las 4 y media en la puerta del teatro, ya sobradamente conocido por todos vosotros, mis queridos lectores. “Vamos dentro y nos tomamos algo mientras llega Samantha, que siempre llega tarde” dijo BridgetJones que se moría por beber algo. Yo también. Pero Samantha llegó justo a tiempo, ni siquiera habíamos dejado los abrigos en el guardarropa. Eso, por supuesto, no impidió que nos tomáramos algo. Las cosas importantes, primero.

Me llamó un poco la atención la parroquia. Desde que estaba esperando fuera a que llegara BridgetJones. He comentado en otras ocasiones, que la juventud suele formar parte del público. Pues esta vez no, apenas. Ni niños bien vestidos con sus padres a juego. Casi todo el mundo era gente mayor, ellas con sus recogidos en el pelo que remitían a épocas pasadas, ellos con sus trajes. Y el clero. Sí, entre el clero también hay aficionados a la ópera. O al menos a Wagner. Además, había poco público. Casi todos los palcos y el gallinero estaban vacíos. Algo extraño porque esta es la segunda representación de esta temporada, y la obra se ha incorporado al repertorio del teatro este año.

Y dio comienzo la ópera. Espectacular cuando se abrió el telón y aparecieron los marineros vestidos de azul, arribando al puerto. No lo he dicho aún, pero la ópera era “El holandés errante” de Wagner, por aquello de que estamos en año wagneriano. La puesta en escena que hacen aquí me encanta. Aunque esta vez creo que se han pasado un poquito. Me llevé un buen rato con el corazón en un puño, temiendo que Senta (la muchacha) y el holandés, por mor de un traspiés con una de las cintas, dieran con sus cantarinas voces en el suelo. La verdad es que daban los pasos con tanto cuidado y estaban tan concentrados que incluso parecían movimientos irreales. Lo que no me explico es cómo eran capaces de cantar y mirar dónde pisaban todo a la vez. Los pobres bailarines que hacían las veces de tripulantes del barco del holandés, debían estar muy atentos para bajar las cintas antes de que alguno de ellos pisara. Y a pesar de su dedicación y empeño, al menos una vez las bajaron un poco tarde, con lo que el holandés se hizo un lío en los pies, pero sin consecuencias afortunadamente. Como se ve en la foto, casi todo el escenario estaba cubierto por las cintas (no tengo ni idea de su significado. ¿El mar, quizás?) y yo estaba más atento a lo que pasaba con ellas que a la ópera en sí. De todas formas, la ópera no me gustó. Me pareció aburrida. Yo sigo siendo más de Puccini.

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