La caída del mito

El parque

El parque

La banda de música del cuerpo de bomberos

La banda de música del cuerpo de bomberos

Bomberos de calendario... de época

Bomberos de calendario… de época

¿Futurista? El diseño comunista asombraba al mundo

¿Futurista? El diseño comunista asombraba al mundo

La piscina me da mucho juego para escribir entradas en vuestro blog de cabecera. Si a eso le añadimos que esta república va ganando la batalla y va haciendo de mí poco a poco un checo más (¡Virgen de Regla, no sé cómo me atrevo a escribir esto!), y además que cada día me asombro menos de lo que pasa a mi alrededor, tenemos como consecuencia que los temas para escribir entradas empiezan a escasear. Además, tengo abandonada la investigación sobre la cocina checa, a pesar de que me compré el libro “Los tesoros de la cocina clásica checa” del reputado cocinero Roman Vaněk (en checo, no hay otro idioma disponible).

El título de esta entrada no se refiere a que ahora coincida con el cuerpo, y cuerpos, de bomberos en la piscina como coincidía con los ejércitos en un pasado no tan lejano. No, nada que ver. Lo que ocurre es que cuando hace buen tiempo, que son las menos veces todo hay que decirlo, cuando salgo de la piscina me doy un paseo: voy hasta el centro andando atravesando el idílico y espectacular parque de Lužanky. El domingo pasado fue uno de esos días soleados, de temperatura agradable, que invitan a disfrutar de Brno a paso lento.

Cuando llegué a la piscina, temprano como ya todo el mundo sabe, un camión de bomberos, muy rojo él, muy brillante él, muy limpio él, paró en lo que podríamos considerar acera pero que en realidad no lo es, frente a la piscina. Se detuvo como el que tiene que parar por una emergencia, porque el conductor tiene que comprobar algo o ha oído un ruido extraño. Los dos bomberos que iban en el reluciente camión, debidamente uniformados, se bajan de él con un bote de espray parecido a los que se usan para hacer grafitis y empiezan a aplicarlo sobre las cubiertas de las ruedas. Quedaron tan relucientes como el resto del camión. Debo añadir que también estaban muy limpias, sin rastro de polvo ni barro. ¿Para qué querrán las ruedas brillantes? Me pregunté yo a mí mismo, mirando la escena con asombro y discreción a través de las gafas de sol. A ellos no les dije nada, claro.

Yo me fui a lo mío, que es nadar, con una calle para mí solo. ¡Quién va a ir a la piscina un domingo a las 9 de la mañana! Es la ventaja de ir dejando con esfuerzo y dedicación la vida disipada y disoluta: uno se acuesta a una hora decente el sábado y el domingo puede disfrutar de la piscina como un cliente V.I.P. En fin, que como decía antes, una vez relajado por los largos en la soledad más infinita, me di el consabido paseo para disfrutar del sol mañanero. Así, poco a poco y pasito a paso, llegué a Moravské Náměstí y enfilé la calle que une esta plaza con Náměstí Svobody. Fue entonces cuando el mito cayó, se derrumbó.

Me pregunté (yo me hago muchas preguntas, como podéis ver) qué pasaba en la plaza. Últimamente, cada fin de semana hay algo y el escenario que montaron cuando Ignis Brunensis empezó, sigue allí. Y lo usan. La semana pasada la Orquesta Sinfónica de Brno tocó canciones de los Beatles, acontecimiento al que no asistí a pesar de la invitación de BridgetJones. Bueno, que me voy por las ramas. Había una exhibición del cuerpo de bomberos. Del cuerpo antiguo, en los dos sentidos que puede tener la expresión, como se aprecia en las fotos. Había una especie de exhibición sobre la evolución del parque de bomberos de Brno y alrededores, desde los tiempos en los que los coches iban tirados por caballos, hasta nuestros días. Los caballos también estaban, y en el centro de la plaza cogían carrerilla como si tuvieran una alerta. Por más que me fijé, no conseguí adivinar dónde llevaban el agua para apagar el fuego (no ahora, que no hacía falta, sino allá por los años 20, que imagino que no habría agua corriente ni tampoco un surtidor en cada esquina). Y el mito cayó porque los bomberos también eran de la época, o casi. Nada que ver con los de los calendarios, ni los de las películas. Ni siquiera con aquellos que ocupaban el parque de bomberos de Almería, que está casi enfrente de donde yo vivía. Eso sí, hacían las delicias de la chiquillería que subía y bajaba de los diferentes vehículos y sobre todo de uno de ellos al que le habían añadido un tobogán hinchable.

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El crimen del mes de mayo*

Marineritos

Nota: Esta entrada debería corresponder a finales de mayo, pero entre una cosa y otra, se quedó guardada como borrador.

En los lejanos tiempos en los que yo iba a la piscina entresemana por las mañanas, los lunes coincidía con el Ejército de Tierra y los martes con el Ejército del Aire. En mi ingenuidad, esperaba coincidir con la Armada, a cuyos miembros es a los que más les merece la pena aprender a nadar, los miércoles. En un momento de lucidez, comprendí que aquí no hay Armada porque carece de sentido tenerla en un país donde no hay mar.

Ahora, cuando mi chequismo es tan preocupante que empleo los fines de semana en hacer deporte (aún no he llegado al nivel de llevar sandalias con calcetines y comer knedlíky con todo) no coincido con ninguno de los dos ejércitos con que cuenta esta república, pero sí en el autobús con la gente que va a misa de 10. Porque yo voy temprano a nadar, siempre he sido muy mañanero.

El domingo, a eso de las 9 y media me monto en el autobús que a esas horas de un domingo iba completamente vacío. En la siguiente parada se montaron una señora y el que yo supuse que era su hijo, en torno a los 10 años. Ambos bien vestidos, en blanco y negro. El niño con una vela en la mano y rebosante de alegría y excitación. Él debía ser el protagonista, porque la señora le permitió picar el billete por sí mismo, y sentarse donde más deseara. En la siguiente parada, una antes de la iglesia de los Santos Cirilo y Metodio, subieron algunos más de la misma guisa, y portando velas. Algo importante se iba a celebrar allí. Cuando el autobús llegó a la iglesia, vi que frente a la iglesia había más personas de diferentes edades muy bien vestidos. Los niños con pantalón y chaleco negros y camisa blanca. Las niñas con vestidos blancos. Los hermanos mayores, de traje azul oscuro. Entonces lo comprendí. Sí, efectivamente, era el día de la Primera Comunión. Si los niños hubieran ido vestidos de marineritos, me hubiera dado cuenta antes (uno es un poco lento para algunas cosas). Pero, claro, aquí no Marina de guerra. Ni de la otra. Vamos, ninguna.

¿Y a qué viene esto? Se preguntarán mis queridos y escasos lectores. Pues porque el otro día salió el tema de la religiosidad. Las estadísticas reflejan que esta república es una de las más ateas de Europa. Los checos lo dicen a la menor oportunidad, sobre todo cuando uno dice que es católico, educado en colegio de curas y que en su última infancia y primera adolescencia fue monaguillo. Incluso alguno de ellos defiende ese ateísmo con una pátina de orgullo. El Papa Emérito estaba muy preocupado por eso, cuando hace unos años visitó esta ciudad. El caso es que no es eso lo que mis presbíticos ojos ven: hay primeras comuniones, la gente va a misa los domingos por la mañana (gente de todas las edades, en familia, en pareja, solos, que yo lo veo cada domingo en mi camino a la piscina), asiste a los oficios de Semana Santa. Puede ser cierto que, en general, la sociedad de esta república no sea religiosa. También puede ser que esta Moravia Meridional sean las estribaciones católicas de Eslovaquia y Polonia. O también puede ser que antaño fuera religiosa, allá por los tiempos de la Primera República, y que hayan quedado algunos vestigios como tradición familiar. Pero Brno está lleno de iglesias de diferentes confesiones, incluso mezquita. Y sinagoga.

(*) “El crimen del mes de mayo” es una chirigota del carnaval de Cádiz, de hace muchos años.

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Un escalón más

La puerta de la villa

La foto es una porquería, pero menos es nada

La foto es una porquería, pero menos es nada

Al rato pensé que la iglesia debía estar muy mal económicamente para tener que alquilar la torre como base de antenas de telefonía, pero antes creí que se trataba de la torre de la iglesia de Kraví Hora, con lo que me llené de orgullo y satisfacción por haber elegido el camino correcto en el bosque. Evidentemente no era la torre de la iglesia, aunque sí llegamos a la civilización.

Para celebrar mi cumpleaños, mejor no decir cuantos acabo de cumplir, BridgetJones quería hacer algo diferente. Así que se le ocurrió que podía organizar algo cultural. Como no fue posible reservar una visita a la Vila Tugendhat, que ya está restaurada (nosotros ya la habíamos visitado antes de la restauración), hizo reserva para una visita en inglés a la villa Jurkovič.

-Llevamos aquí casi 6 años y no sabíamos que estaba esa villa ni el bosque de Wilson. Después de la visita podemos darnos un paseo por el bosque y luego comer en Kraví Hora- me dijo BridgetJones.

-¿Es esa casa que ahora es parte de Moravske Galerie y que está casi en un bosque?- pregunté

-Sí

-Ah, pues entonces yo lo conozco, pero no sabía que se llamaba así.

-¿Y de qué la conoces tú? No me digas nada, no quiero saberlo.

A pesar de estar ya a mediados de mayo, hacía un día de perros: frío, ventoso, nublado y amenazando lluvia. Pero a nosotros no nos detienen las inclemencias del tiempo y allí nos plantamos. Éramos los únicos visitantes, pero claro, era entre semana y por la mañana. Para tan magno acontecimiento (mi cumpleaños), los dos nos habíamos pedido el día. La casa es pequeña, y según nos dijo la guía que no había sido seleccionada por su simpatía, incorporaba adelantos técnicos de la época (1906) tales como corriente eléctrica y agua corriente. También mezclaba con acierto estilo decorativo inglés con determinados elementos de la tradición eslava. Muy bonito todo. Cuando se construyó, el paraje no era aún parte de Brno, y estaba situada en medio del bosque, rodeada de rebosante naturaleza. La villa es bonita e interesante, pero no merece una visita por sí sola. Quiero decir, que ir hasta allí sólo para verla no merece mucho la pena. A no ser que, como nosotros, tengamos todo el tiempo del mundo. Dušan Jurkovič fue el arquitecto de la casa y su propietario, eslovaco de nacimiento y nacionalista eslavo por convicción. De ahí que gran parte de su obra consista en viviendas de estilo tradicional o restauración de algunas ya existentes.

Terminada la visita cultural, tocaba la parte natural y cogimos el camino que llevaba al bosque. Aunque yo lo conocía, no tenía un conocimiento profundo de él. Sólo sabía que existía, que era bonito y que tenía bancos por si uno se cansa. Algo que no es difícil que ocurra porque es la ladera de una colina. Casi en la parte de arriba hay un mirador, desde el que se puede disfrutar de unas vistas de Kohoutovice aunque el día no ayudara a ello.

-Pues Kraví Hora debe estar por allí- dije yo convencidísimo

-¿Tú crees? – dijo BridgetJones incrédula

-Sí, parece que la gente viene de la civilización. Mira- dije yo al rato- la torre de la iglesia de Kraví Hora

Pero no era la torre de la iglesia de Kraví Hora, era la torre llena de antenas. BridgetJones tenía razón, aquel camino no llevaba a Kraví Hora.

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¡Adiós, Fabia, adiós!

El insigne Fabia

Como se ve, zona ideal para peatones

Como se ve, zona ideal para peatones

“¡Con lo bien que nos lo ha hecho pasar!” dijo BridgetJones cuando, comiendo, le enseñé la foto del Fabia montado en el camión, listo para su inmerecido retorno. Como en toda relación, que el último año sea malo no tiene que hacer olvidar que antes hubo muchos buenos. Y sí, el Fabia nos ha hecho pasar muy buenos momentos, aunque el último año sólo nos ha dado disgustos.

Recibí una llamada por la mañana, de Polonia. “Uich, ¿quién será?” pensé. “Soy el transportista del Skoda Fabia, a la 1 estoy ahí.” “Bonica, que me acaban de llamar para llevarse el Fabia. Me voy” le dije a BridgetJones. “¿Y con quién voy a comer yo ahora?” fue su solidaria respuesta. Así que le dije a mi jefe, al tanto de la surrealista situación del Fabia, que lo recogían hoy y que me marchaba. Me deseó suerte.

“En 20 minutos estoy allí” fue lo que me dijo el camionero, cuando ya eran casi las 2 de la tarde. Y yo sin comer a esa intempestiva hora (recuérdense mis niveles de chequismo), queriendo evitar que el camión se plantara delante de mi puerta y yo con el plato en la mesa. Pero los 20 minutos pasaron y el camión no daba señales de vida. Una nueva llamada:

– El camión es muy grande y no puede llegar hasta tu dirección (*). Estoy en la gasolinera OMV en la calle Porgesova

– ¿Dónde? ¿En la autovía?- es lo único que fui capaz de contestar.

– No. A unos 3 km, en la calle Porgesova. ¿Tienes GPS?

– Sí –contesté mintiendo como un bellaco

– Vale, te paso la dirección por mensaje

Y me la envió. Como no tengo GPS (el teléfono valdría, pero no sé cómo usarlo y no era cuestión de experimentar precisamente ese día) miré en mapy.cz y vi que no tenía pérdida: entre Lesná y el centro comercial de Královo Pole. To p´alante y llegué del tirón, sin policía que me entretuviera o inmovilizara el Fabia. Pues allí estaba el camión, con 7 coches Kia y un hueco para el Fabia. 6 blancos y uno gris. El Fabia pasa desapercibido.

Jamás hubiera imaginado la habilidad del buen señor para subir y bajar coches en el camión. Quitó un Kia blanco y subió el Fabia como quien no quiere la cosa, sin salirse un milímetro de los raíles o como se llame eso. Luego subió el Kia marcha atrás con la misma precisión. Eran dos conductores, muy polacos ellos, que en un abrir y cerrar de ojos amarraron el Fabia y el Kia con cintas por encima de las ruedas.

“¿Papeles?” me preguntó el que llevaba la voz cantante una vez yo había firmado el recibo de entrega. “No, me los robaron – dije yo haciendo un gesto ladino con la mano y los dedos- por eso lo tengo que enviar a España”. Menos mal que no quiso saber más, si no aún estoy allí contándole la historia. Una historia que parece que llega al final del volumen II.

Cuando dije que la gasolinera está entre Lesná y Královo Pole, digo entre Lesná y Královo Pole. Una gasolinera en una carretera con dos carriles en cada sentido y su estupenda mediana. Una carretera rodeada por bosque y maleza. Carretera, por tanto sin aceras. El Fabia se lo habían llevado ¿cómo vuelvo yo ahora? No había pensado en esa contingencia. Lo malo es que ya era casi las 3 de la tarde, hora punta en esa carretera, y la opción de cruzar los 4 carriles y la mediana para dar al centro comercial no era una opción viable, so riesgo de sacrificar mi integridad física. Así que tiré por algo parecido a una acera, que en realidad era el hormigón sobre el que se anclan los quitamiedos. Al otro lado, bosque, maleza y pendiente. En fin, que poquito a poco y paso a paso, llegué a donde se nivelaba el terreno aunque no desaparecía la maleza. A través de ella llegué a una acera, que finalmente me llevó a la parada del tranvía. ¡Y yo sin comer todavía!


(*): En realidad, el camión sí debía caber. Frente al mini-piso hay un concesionario de Ford y yo veo camiones similares descargando coches. Esto es lo que hablé con el señor que hice el trato del transporte, pero parece que los polacos no querían llegar hasta mi casa.

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Las ventajas de no ir en Fabia

Esta foto no es de esta excusión sin Fabia, sino de otra con él

Esta foto no es de esta excusión sin Fabia, sino de otra con él

Lo mismo. De hace un par de años, pero no ha cambiado nada :-)

Lo mismo. De hace un par de años, pero no ha cambiado nada 🙂

La ventaja de que el Fabia esté aún en estado alegal, es que las excursiones hay que hacerlas en transporte público. De esa forma se cuida del medio ambiente y se puede beber cerveza porque no hay que conducir (todo el mundo sabe que aquí la tasa de alcohol es 0,0). No hay mal que por bien no venga. “¿Y allí como se va, en Fabia ilegal o en tren?” me preguntó Pintoresco. “Pues en tren, en Fabia no que encima es autovía” le respondí.

Pues allí nos plantamos los dos, en Olomouc. Una vez más. Para mí esta es la cuarta visita y para él la primera. Si es que el gobierno checo debería pasarme una pensioncita por hacer de guía turístico. “No tengo ni idea de dónde estamos, pero se ve la torre de la catedral, así que si vamos hacia allá, llegamos al centro” dije yo cuando salimos de la estación de tren. Eso hicimos, y nos pusimos en camino ayudados por mi intuición y el GPS del teléfono de Pintoresco. Yo nunca había estado por esa zona, y me sorprendió. Parece que lo han arreglado todo no hace mucho, y la avenida desde la estación hasta el centro ofrece un aspecto luminoso, limpio y diáfano. La verdad es que el día acompañaba: el sol se había dignado a dejarse caer por allí.

El casco histórico de Olomouc se compone, como todos los cascos históricos del mundo mundial, de callejuelas estrechas y zigzagueantes que desembocan en dos plazas: la plaza Alta (Horní naměstí) y la plaza Baja (Dolní naměstí). Nosotros fuimos a parar a la baja, que es donde están las fuentes barrocas. La última vez que estuve, hace dos veranos, la plaza estaba patas arriba. Ya está terminada la reforma, que parece haber consistido en la nivelación del suelo, con lo que hay menos riesgo de darse un traspié y desollarse las rodillas. Me parece que las fuentes no las han tocado o como mucho un pasavolante.

“Uy, no me había dado cuenta de que allí hay un teatro” dije yo cuando pasábamos de la plaza baja a la alta, echando por tierra mi reputación como guía. “Creo que no me voy a fiar de ti, porque un guía que no sepa que hay un teatro, ni es guía ni es nada” dijo Pintoresco para reafirmar mis habilidades. Después de eso, no tuve más remedio que acercarme a la oficina de turismo y pedir folletos. Y un mapa, que nunca falte.

Después de comer un gulaš (a las 11 y algo. Mis índices de chequismo están alcanzando límites preocupantes) andábamos merodeando por la columna principal de la Plaza Alta, declarada Patrimonio de la Humanidad, la columna no la plaza, cuando un señor no sé si disminuido o indigente, o ambas cosas, se dirige a nosotros en inglés. Hace ya mucho tiempo que dejé de confiar en el arma, hasta ese momento infalible, de decirle a los pedigüeños que soy extranjero y no entiendo checo porque más de una vez han empezado a hacer sus ruegos y peticiones de ayuda económica en un perfectísimo inglés. Se ve que la necesidad aprieta. Pero este no pedía nada, sino que inspirado por la cámara de Pintoresco y la monótona tarea de la contemplación de turistas, pretendía entablar una conversación técnica y erudita, cuya premisa principal era la, a su entender, nula necesidad de hacer fotos a altísima resolución cuando el monitor jamás reflejará tal calidad, debido a sus limitaciones técnicas. Como no era cuestión de enfangarse en una discusión sin sentido, abandonamos la escena como los dos turistas desocupados que éramos. “¡Qué pintoresco ese hombre! Sólo atraes a gente pintoresca, como el mejicano del otro día; qué personaje el mejicano. Dios los cría, y ellos se juntan” dijo Pintoresco en cuanto dimos unos pasos. Me han llamado muchas cosas en esta vida de tantos escalones, pero pintoresco nunca. Y por una simple regla de lógica de 3º de BUP, si yo soy pintoresco, y atraigo sólo a pintorescos, él es Pintoresco.

“Va siendo hora de un café ¿no? Y luego subimos a la torre del ayuntamiento, que es a las 3” sugerí yo, o más bien impuse. Después del café vino una cerveza. Y luego otra. “Creo que no vamos a subir a la torre. No te veo con muchas ganas – dije yo cuando íbamos por la segunda- pues cuando terminemos esta, vamos a la catedral” Pero no, no fuimos. “Te veo muy lanzado” dije yo cuando Pintoresco asintió con una sonrisa malvada al ofrecimiento del camarero.
“Oye, al final lo único que hemos hecho ha sido darle vueltas a la plaza” fue mi comentario de guía herido en su orgullo. Las ventajas de no ir en Fabia.

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3000 revoluciones

Si, 3 carriles en cada sentido

Si, 3 carriles en cada sentido

La comisaría está indicada por el coche con sirena en la parte inferior

La comisaría está indicada por el coche con sirena en la parte inferior

“Yo siempre he querido entrar por la ventana” dijo BridgetJones cuando por fin nos sentamos después de sortear una mesa con sus respectivos clientes. Es lo que ocurre cuando una cafetería tiene ventanas de techo a suelo y sólo se distinguen éstas de la puerta por la cerradura. Si, además, la puerta está cerrada y la ventana abierta de par en par ¿por dónde entra uno? Por la que está abierta, por la ventana. Al poco, uno de los bambis allí sentados, la cerró. Supongo que no quería que nadie más entrara por la ventana, que no es algo muy digno la verdad.

Estábamos allí después de dejar el Fabia en el taller. “Eres el último amigo guiri que me echo. Tengo que ir contigo” protestó BridgetJones por la mañana. “Dice el mecánico que cómo se va a comunicar contigo. En qué líos me metes” continuó. “Ya, pero ¿y lo que te diviertes? ¿y las cosas que estás aprendiendo de esta república por mis marrones variados? Eso no tiene precio” traté de conformarla. Le había pedido que llamara al taller.

El Fabia llevaba desde septiembre en el aparcamiento sin moverse, aparcado entre un Renault 19 al que le han quitado dos ruedas y un Ford Ka que cada vez tiene menos pintura (y a pesar de eso no se han llevado ni la antena ni los tapacubos del Fabia). Pero el sedentarismo es muy pernicioso para la salud, así que ahora que le ha llegado el momento del gran viaje de retorno, no se puede mover. Yo por eso voy a la piscina regularmente. Aquel día caían chuzos de punta, por lo que pensamos en cancelar la cita con el mecánico en el aparcamiento. Pero él dijo que le daba igual, que estaba muy cerca, que lo llamara cuando estuviéramos allí. Así fue. Allí estábamos nosotros y allí llegó el mecánico con su kit de arranque.

Pero la primera en la frente. Dar marcha atrás y atravesar el Fabia en la calle, fue suficiente para que se parara de nuevo. “Llámalo, llámalo, rápido que se va” impelí a BridgetJones. El mecánico suponía qué podría pasar, así que nos esperaba en el cruce. Y no hizo falta llamarlo. “La batería está muerta del todo, no enciendas las luces*” dijo el mecánico durante el segundo arranque. “Qué dura, qué dura” dije yo cuando por fin nos pusimos en marcha. “¿Qué?” me miró extrañada BridgetJones. “La dirección, que está muy dura, con lo suave que es el Fabia” le expliqué. Yo no había visto tantas luces, ni tantos pitidos de alarma en mi vida. Todo pitaba, todo se encendía. Y la dirección durísima.

Yo sabía dónde estaba el taller. Es al que lo he llevado últimamente, y en el que le pusieron la luna en mis ya lejanos inicios en esta república y origen de esta historia interminable. “Espero que no nos pare la policía, sin luces, sin papeles y sin gasolina” rezó BridgetJones. Yo iba concentrado en las luces, los pitidos, la conducción y encomendándome a la Virgen de Regla para que el Fabia no volviera a pararse. Pero no sirvió de nada. En un semáforo de una avenida de tres carriles en cada sentido (aquí también hay ese tipo de engendros), ocurrió lo que tanto temía. El mecánico, experimentado en estas lides, iba justo detrás de nosotros. Así que me puse a levantar los brazos a modo de señal de auxilio, sentado al volante y mirando por el retrovisor y viendo de reojo como pasaban los autobuses, trolebuses y coches porque el semáforo ya estaba en verde, y sin dejar de agitar los brazos. Pulsé el botón de las luces de emergencia, pero claro, no funcionaron. El mecánico hizo caso a mis señales y estaba de nuevo frente al Fabia con el capó abierto aplicando el kit de arranque. “Dice que no bajes de las 3000… no sé qué es ni cómo se hace” tradujo BridgetJones “y que crucemos a la izquierda después de la gasolinera”. “Yo sé dónde es, pero no estoy seguro de que lo que él dice se pueda hacer” dije yo en el siguiente semáforo con el Fabia a 3000 revoluciones por minuto, que más parecía un calorro que un pobre emigrante. Y ya en el lugar donde teníamos que girar a la izquierda, dije “es que no se ve si la raya es continua o no, porque el asfalto está mal” con el Fabia de nuevo a 3000 y con la dirección dura, mientras esperaba que no viniera nadie por ninguno de los carriles en sentido contrario, temiendo en mi fuero interno que el Fabia se negara a cruzar. “Y lo malo es que eso es una comisaría de policía” añadí señalando al edificio que teníamos enfrente.

“¿Me deja los papeles?” dijo el señor que iba a formalizar la entrada del Fabia. “No tenemos” dijo BridgetJones “pero él ha estado aquí antes”. “Menos mal que no ha preguntado nada más” me comentó en un aparte “porque si no, a ver cómo se lo explico”. “Un folleto, dije yo, podemos hacer un folleto contando la historia, en varios idiomas; y al que pregunte, se lo damos”.


(*): Era de día pero estaba nublado. Las luces no hacían falta para ver el camino, pero en esta república es obligatorio llevar las luces de cruce encendidas a cualquier hora del día o de la noche.

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Nunca me ha gustado

Cartel

Había prometido hablar de La Película. Como a estas alturas ya saben todos los seguidores incondicionales (pocos) de este insigne blog, se trata del festival de cine español que organiza la embajada. Los recortes que asolan la madre patria se extienden allende sus fronteras, y también han llegado al festival: menos películas.

-Bonico, que empieza La Película – me dijo BridgetJones
-Ya lo sé
-Y ponen una película histórica
-Ya lo sé
-…
-Pero es que a mí Josefina Molina nunca me ha gustado

Yo quería ver “Las brujas de Zugarramurdi” pero era el mismo día en que el bambi me iba a deleitar con vinos y paté de chicharrones, y un desconocido Ángel Custodio velaría por mi integridad. Además, BridgetJones se iba a su pueblo aquel fin de semana, con lo cual ella no tenía muchas opciones para ver películas españolas en el cine. Así que acepté su propuesta y fuimos a ver “Esquilache”.

Esta vez las proyecciones eran todas en el mismo cine, no como otros años que han estado repartidas por varios de ellos. Todas las películas las daban en el Kino Scala, un cine construido en el esplendor comunista y que es de esos cines que intentan darle prestancia a las películas. No le faltan sus remates dorados y todo el local tiene cierto aire de teatro más que de cine. BridgetJones y yo hemos ido varias veces, menos que al Kino Art, pero alguna que otra. Tenía una peculiaridad, no sé si debida al rigor presupuestario de la época o a una cuestión técnica, irresoluble por aquellos tiempos: de pronto se cortaba la proyección, pantalla negra y sala de butacas oscura por un par de minutos, y vuelta a la proyección desde el punto en que estaba. Cambiaban el rollo de la película. Al parecer, solo había un proyector. Lamentablemente, el encanto de esta interrupción ya ha desaparecido. El cine ha cambiado de manos, y en lugar de pertenecer al ayuntamiento, ahora es parte de la Universidad Masaryk que lo ha renombrado como Cine Universitario Scala. Pues parece que han comprado otro proyector o han contratado a alguien más ágil, capaz de cambiar de rollo sin que se note.

El éxito de la película fue clamoroso: éramos como máximo 10 espectadores, repartidos por toda la sala. Si llegamos a estar todos juntos, parecería la viñeta de un tebeo. Nosotros, que somos muy sensatos, prudentes y previsores, llegamos al cine con antelación suficiente como para no tener que molestar a los demás espectadores una vez iniciada la película. Lo que no sabíamos es que íbamos a ser parte de un selecto y reducido grupo aunque algo intuyéramos cuando vimos que en el vestíbulo había más trabajadores que clientes, incluyendo entre éstos últimos a los de la cafetería.

Mientras esperábamos, sentados en nuestras butacas de terciopelo rojo, que la película diera comienzo, manteníamos ella y yo una conversación de lo más intelectual, basada en la comida del día siguiente. Ella no podía acompañarme para comer, así que yo tenía que buscarme la vida. “Le diré al bambi del edificio de al lado que venga conmigo, dice que el menú del restaurante del Kometa HC está muy bien”. “¿Qué bambi es ese?” me preguntó ella. “Uno, que lo conozco de uno de esos programas de mariquitas para el móvil. Pero no sé si fiarme de él porque dice que la comida del IQ está muy bien”. Un par de filas delante de nosotros había un señor sentado, solo, que de vez en cuando nos miraba. Y empezó la película. “Qué horror de película, qué pesada” se quejaba BridgetJones de vez en cuando. “sí, a mí es que Josefina Molina no me ha gustado nunca” replicaba yo a cada una de sus quejas. Y por fin terminó la película.

-¿Qué os ha parecido la película? – nos preguntó el señor de dos filas más allá cuando ya nos habíamos levantado de las butacas y teníamos debidamente puestos el abrigo, el gorro y la bufanda. Español.
-Pues no ha estado mal – dijo BridgetJones, mintiendo descaradamente.
-Hombre, pues… el objetivo de este tipo de películas es despertar la curiosidad sobre el momento histórico, que es muy interesante. Todos hemos estudiado en las clases de historia “el motín de Esquilache” – dije yo, pretendiendo darme un aura de intelectualidad y borrar el concepto que aquel caballero tuviera de mí tras haber oído y entendido a la perfección la conversación previa a la película.
-Ya, a mí me ha gustado mucho – dijo el caballero mirándome con cara circunspecta-. Mañana ponen una película que también me gustaría ver, pero no puedo venir.
-¿Es que vives lejos? – le pregunté
-Sí, en Alicante
-¡Ah! – no había manera de enderezar el entuerto

Bueno, que a mí Josefina Molina nunca me ha gustado.

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