Un hombre de bien

¿Alguien nota la diferencia? Yo no

¿Alguien nota la diferencia? Yo no

Pero no todo es comer los bratislavské rožky que con primor ha hecho FuturaSuegra. Ella estaba un poco decepcionada porque yo comí poco. “Si yo hubiera ido a España, hubiera comido más” dijo en el momento de la partida, y me puso un par más de bratislavské rožky en la mano para el camino. La vida, por desgracia, no sólo está compuesta de momentos de excelso disfrute y satisfacción plena, sino también de momentos más prosaicos. Ya ha pasado el 1 de noviembre, Día de Todos los Santos y día que en esta república señala una actividad anual ineludible: ponerle los zapatos de invierno al coche.

Durante 6 inviernos me he escaqueado. Al principio alegando desconocimiento (mentira), después argumentando que apenas conduzco en invierno y total, para ir a Ikea no hacen falta. Más tarde, la situación de alegalidad no hacía recomendable salir a esas carreteras de Dios. Pero nos vamos haciendo mayores, el Fabia y yo, y cada vez da más pereza tentar a la suerte. Además, no tengo ganas de ponerme a discutir con un policía si el tiempo es bueno o malo, si hacen falta los zapatos de invierno o no (*). Con mis crecientes conocimientos de esta lengua cruel, la discusión sería interminable. En fin, que lo más sencillo es comprar 4 zapatos; el de repuesto se salva del cambio.

“Pues yo no estoy dispuesto a gastarme casi 8.000 coronas para dos veces que voy a conducir” dije yo, tan económico y tozudo como siempre, después de una ardua, profunda y escasamente fructífera investigación. Por ese precio estaba dispuesto a discutir eternamente con la policía. “Un compañero mío las ha comprado por 400 o 500 coronas cada uno, en internet” me dijo BridgetJones que vela por mi seguridad y legalidad “dime que modelo son los que necesitas” porque esa es otra: yo no tenía ni idea la talla de zapatos que debía comprar, y eso requirió una también ardua investigación previa. “185/55 R 15” le respondí.

– He encontrado dos en Vyškov –me dijo ella. No sé si le preguntó a su compañero, pero se puso a buscar por los foros de compra-venta.
– Con dos nos hacemos nada. Bueno, le puedo enseñar a la policía los que tengo cambiados e ignorar los otros dos –repliqué yo
– Ya, pero podemos comprar dos allí, y buscar otros dos por otro sitio –ella siempre sensata-. Uy, en Blansko un hombre tiene los 4, por 500 coronas cada uno ¿lo llamo?
– ¡Sí, claro!

Pero resultó que el buen señor estaba comiendo, así que lo volvió a llamar más tarde. “Se le ha notado el tono de asombro cuando le he dicho que somos una eslovaca y un español” me dijo ella cuando ya concertó la cita para el sábado a las 10. “Pero no es en Blansko, sino en Adamov” aclaró. El sábado a las 9 me pasé a recogerla y nos dirigimos los dos a Adamov, por la carretera que bordea el río y que es la que suelo utilizar cuando llevo a alguna visita a las grutas de Blansko. “Ahí dice que esta carretera está cortada” dijo BridgetJones que como ahora tiene coche se fija más en las señales. “Yo siempre he ido por aquí, y esa señal ya estaba ahí” fue mi respuesta llena de seguridad, conocimiento del lugar y aplomo. Esta es la parte más bonita del trayecto, porque discurre paralelo al río y el otoño está en todo su esplendor.

“Me dijo Pavel –así se llama el buen hombre- que está al final de la calle que es una calle ciega” me dijo BridgetJones. “Pues por aquí no se ve nada parecido a un taller” comenté yo mientras recorríamos despacio la calle, de firme irregular. “Aquí es” dije yo cuando vi el cartel donde se podía leer AdamovServis. Entramos con el Fabia y aparcamos en el único lugar posible, junto a otros coches de diferentes marcas y modelos, mientras un señor y un joven nos miraban con asombro. El señor era Pavel. Yo me sentí por un momento trasladado a otra domension: las instalaciones la formaban dos edificios de ladrillo rojo sin enlucir, un espacio entre ambos donde alineaban vehículos siniestrados (uno de ellos, el que quedó junto al Fabia, con componentes del motor en el asiento trasero) y un aire de provisionalidad que lo envolvía todo, junto al rio. Todo muy alejado de los asépticos y funcionales talleres modernos. Eso sí, tanto el cartel de AdamovServis como el que señalaba la habitación más que edificio dedicada propiamente a taller, estaban hechos por un grafitero en rojo, blanco y negro. De estilo grafiti, claro. Un toque de modernidad siempre se agradece. “Traerás efectivo, ¿no? Porque aquí no creo que acepten tarjetas” dijo BridgetJones cuando vio el panorama.

– Aquí pone 60 –dijo Pavel cuando se agachó para comprobar la numeración en los zapatos de verano del Fabia- no sé si tengo
– Pues en los papeles españoles ponía ´zapatos de invierno 185/55 R 15´ – repliqué yo muy seguro
Valdrán varios modelos, déjame ver los papeles checos –dijo Pavel. Menos mal que había tenido la precaución de llevarlos- Sí, los de 60 le valen. Voy a ver si tengo.

Y se perdió en lo recóndito del segundo edificio. Al rato salió llevando uno en cada mano, incluidos unos oxidados cubos. “No pensará ponerle esos cubos a mi Fabia” me dije yo en cuanto los vi. “Estos son de un Fiat –dijo Pavel soltándolos- pero están muy bien. Te durarán mínimo 3 años. A 600 coronas cada uno”. Los mecánicos, carpinteros, fontaneros y demás son iguales en todos sitios: nunca las cosas son como se acordaron al principio. Pues nada, adelante, que con lo poco que conduzco en invierno van a durar más de 3 años.

En resumen, que me estoy convirtiendo en un hombre de bien: residencia temporal en esta república, Fabia con papeles en regla y zapatos de invierno. Solo falta la pegatina anual de las autopistas. ¡Todo llegará, todo llegará!


(*) Desde el 1 de noviembre es obligatorio llevar neumáticos de invierno, pero sólo si el tiempo acompaña y así lo indica una señal al efecto. Pero ¿quién discute la normativa con un policía ávido de multas?

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Españoles en Nitra

No sabemos qué hay en ese edificio, pero es muy bonito

No sabemos qué hay en ese edificio, pero es muy bonito

Además de la cerveza local, un hombre de leyenda

Además de la cerveza local, un hombre de leyenda

Detalle de la columna frente al castillo

Detalle de la columna frente al castillo

La cima del Monte Calvario

La cima del Monte Calvario

Subida al Monte Calvario, con sus estaciones de penitencia

Subida al Monte Calvario, con sus estaciones de penitencia

“Pues no, el sevillano no es” dije yo cuando el guitarrista salió al escenario. Unas horas antes, le había llegado el turno de recibir nuestra visita a la sinagoga. Al acercarnos a ella, en la esquina, un hombre hacía fotos con el móvil y le hablaba a una mujer con un acento marcadamente sevillano. También los vimos nada más entrar en el restaurante en el que comimos, por lo que elegimos una mesa lo más retirada posible de ellos para poder decir nuestros disparates sin que nadie se asombrara de la profundidad de nuestras conversaciones. Estábamos en Nitra, e íbamos a asistir a un concierto de guitarra flamenca en la sinagoga. ¿Y qué hacíamos allí BridgetJones y yo? ¿Acaso el fervor cultural nos hizo recorrer 300 km para asistir al primer concierto flamenco de mi vida? No exactamente. Nitra es la patria chica de BridgetJones y fuimos aquel fin de semana a recoger su coche. Un Ibiza, Curro para los amigos. Gris metalizado, muy serio y formal. Y coincidió que se celebraba un ciclo de conciertos de guitarra, correspondiendo al sábado el de guitarra flamenca. Al toque, Pedro Sierro; al cante y al baile, Juana La Tobala.

Yo llegué el sábado por la mañana en tren desde Brno, con transbordo en Bratislava. BridgetJones ya estaba allí, así que fue a recogerme a la estación de Šaľa con Curro, su cuñado y su sobrino. Yo apunto estuve de apearme del tren en la estación anterior, Galanta, porque ya era la hora prevista de llegada del tren y en el billete ponía algo sobre Galanta. Puse un pie en el primer escalón e hice un recorrido visual por aquella desolada estación. “No, esta no es. Debe ser la próxima” pensé con sensatez a la vez que retiraba el pie del escalón. La compañía de trenes eslovaca tiene la deferencia de incluir el inglés entre los mensajes de megafonía, pero tal vez por aquello de no molestar en exceso a los pasajeros, a un volumen tan escaso que es inaudible. Al menos en el pasillo que es donde yo iba. Sí, mucho Kindle para amenizar el viaje, pero el tren iba tan lleno que me tocó hacer todo el trayecto de pie en el pasillo.

BridgetJones no es exactamente de Nitra, sino de un pueblo pequeño de los alrededores, llamado Jarok, al que no le falta su iglesia de torre alta y puntiaguda. “Uy, Bratislavské rožky” (*) dije yo en cuanto entré en la cocina de FuturaSuegra y vi la bandeja sobre la mesa. “Yo los hice una vez, pero no me salieron como estos” añadí. “Cuando hayas hecho miles, te saldrán como los de mi madre” dijo BridgetJones mientras metía media docena en una bolsa como reserva energética para el día de turismo en Nitra.

Es evidente, no en vano ella es natural de la zona, que BridgetJones se conoce Nitra como la palma de su mano, aunque lleve ya años viviendo fuera y la ciudad haya cambiado durante ese tiempo. A mejor, según sostiene ella. Lo que no ha cambiado es el corazón de la ciudad, ni sus lugares emblemáticos la mayoría de ellos restaurados recientemente. A pesar de que llevaba una guía de excepción, me había descargado el folleto turístico correspondiente. Sí, nos hemos modernizado y lejanos quedan aquellos tiempos en los que nos plantábamos en el sitio que fuera sin saber qué nos íbamos a encontrar. Ahora vamos con tableta y con smartphone. Adaptarse o morir. Pero hay que reconocer que como un mapa y un folleto de papel no hay nada; la pantalla de la tableta no se ve bien a la luz del día.

“Bonico, ¿vamos a ver también las mazmorras o solo el patio y la catedral?” me preguntó BridgetJones asomada a la puerta de la taquilla del castillo mientras yo esperaba fuera debajo del arco de entrada. Al mismo tiempo, un grupo de jóvenes españoles salía y una de las chicas se quedó mirando fijamente a BridgetJones, a la vez que yo le decía a la chica “¿qué?” con una sonrisa y una e muy larga. Pero la chica se limitó a mantener la sonrisa y mirar sorprendida a BridgetJones. “¿Qué le pasa a esa muchacha?” me preguntó. “Son españoles y ella se habrá extrañado de que nosotros lo hablemos” contesté. El castillo y la catedral, barroca ella, son un mismo conjunto. Ya sabemos: el poder civil y religioso siempre han ido de la mano. De la catedral me llamó la atención su planta. La entrada principal, y única, en realidad está en un lateral de la nave principal, y única. En un extremo el órgano, en el otro el altar y en medio la entrada.

Y así, entre visitas al castillo, la catedral, la compra del gorro que no llevaba y ya hacía falta, llegó la hora del concierto. Puede parecer un poco raro que un concierto de flamenco se haga en una sinagoga. Lo es. La sinagoga de Nitra fue diseñada por el mismo arquitecto que diseñó la de Budapest cuando, obviamente, había una gran comunidad judía en la zona. Parece más una iglesia católica que una sinagoga, si no fuera por los símbolos judíos. El aforo estaba completo y compuesto principalmente por personas de mediana edad. Detrás de nosotros, tres mujeres: una eslovaca que hablaba español (y no era BridgetJones), una española con acento del norte y una tercera que no dijo esta boca es mía así que no sabría decir de donde era. En primera fila, el embajador de España y su señora esposa. El acontecimiento era de postín. Y sí, lo sé. Tiene delito que yo, originario de la zona flamenca de España, vaya al primer concierto flamenco de mi vida en Nitra. No tengo perdón de Dios, pero la vida es así de cruel ¡qué le vamos a hacer!

Nitra es una ciudad que bien merece una visita, haya concierto de guitarra flamenca o no. Pero si hay algo que me sorprendió fue la colina del Calvario. “¿Y sin escalones ni nada?” protesté yo cuando ante mí estaba la colina verde con las estaciones de penitencia en ascenso hasta la cima de la colina. “Pues sí, es una penitencia”. Como se ve en la foto, cada estación de penitencia es una caseta, y en su interior la representación de la correspondiente estación. En la cima, el calvario propiamente dicho y unas vistas magníficas de la ciudad, alrededores y el monte Zobor.


(*)También hice las fotos, pero no me salieron presentables. Prometo volver a hacerlos en un futuro cercano, ahora que ya van pegando “cosas ligeritas”

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Sin más luz que la del día

Siempre me han gustado las piernas velludas

Siempre me han gustado las piernas velludas

La foto no de ahora, sino de la primera vez que estuve

La foto no de ahora, sino de la primera vez que estuve

“¿Qué haces este fin de semana?” le pregunté a Ultramar, que estaba pasando un par de semanas en esta república para hacer su trabajo. No es que el resto del tiempo no lo haga, que lo hace y muy bien, pero no lo hace aquí. “No tengo planes” contestó. “¿Qué conoces de los alrededores de Brno?” le pregunté. “Pues no gran cosa” respondió. “He pensado que podemos hacer un poco de turismo. Tú elijes: Olomouc, o Telč-Třebíč. A Olomouc podemos ir en tren, a Telč y Třebíč mejor ir en Fabia”.

El sábado, que el pronóstico del tiempo era favorable, me planté en su hotel para recogerlo y plantarnos los dos en Telč y Třebíč. Pero el pronóstico era sólo eso: un pronóstico. En Brno lucía un resplandeciente sol, pero fue dejar mi ciudad putativa y aparecer las nubes que lo cubrían a él y a nosotros, y a los campos, y a la carretera. Vamos, que íbamos de banco de niebla en banco de niebla. “Mira -dije yo cuando nos subimos al coche, señalando la cristalera del hotel- el Fabia tiene una luz fundida. ¿Tú sabes cambiarla?” “Sí, si llevas una de repuesto. Supongo que será como todos los coches” dijo Ultramar muy voluntarioso. “No me atrevería a asegurar que es tan fácil” y le conté, como prueba de mi escepticismo, aquella víspera de Nochebuena en que MiEx y yo fuimos desde Utrera a Chipiona (unos 100 km) en la grúa, debido precisamente a un incidente similar al que nadie supo ponerle solución hasta pasadas tan señaladas fechas.

El caso es que la conversación transcurrió ya con el Fabia en marcha y las gafas de sol puestas que en unos minutos fueron totalmente accesorias. Para no tentar al diablo y a la policía, en lugar de tomar la autovía (que como está en obras el tráfico siempre es una incógnita), tomé la carretera que la bordea y que atraviesa los bosques que rodean al circuito de velocidad. Además, y como corresponde, no llevaba la pegatina de la autopista. Así que mejor no tentarlos.

“No tengo ni idea de dónde estamos, Ultramar, pero es muy bonito” dije yo. La carretera estaba cortada por obras, y tuvimos que seguir un desvío que bordea Třebíč. La niebla hacía rato que había aparecido, y el Fabia sólo contaba con las luces de posición. “Sí, lo es, con la niebla entre los árboles…” confirmó él. Y así, sin más luz que la del día (y escasa), llegamos a Telč. “Uy, por aquí no es por donde yo suelo aparcar, pero creo que sé dónde estamos. Vaya, encima hay que pagar” dije yo cuando, siguiendo las señales que indicaban un aparcamiento, llegamos a él. Pero en seguida me situé: estábamos justo en el lado opuesto por detrás del castillo. “Si hubiéramos entrado por el otro lado de la plaza, se ve más impresionante” comenté cuando entramos en ella. “Pues desde aquí es preciosa” dijo Ultramar. En fin, que hicimos la visita turística de rigor ejerciendo yo de guía. Me gusta aconsejar estos dos pueblos porque están un poco a trasmano de los sitios turísticos más comunes, y bien merecen una visita.

“Oye, ¿te atreves a cambiar la bombilla del Fabia?” le pregunté cuando ya estábamos de vuelta en el aparcamiento. No era cuestión de seguir tentando a la policía. “Si tienes una de repuesto, por supuesto que sí” contestó él muy dispuesto. “Pues supongo que sí tengo, nunca se han fundido y no he tocado el kit que me dieron al comprar el Fabia”. Así que con los dedos, el ingenio y la fuerza como únicas herramientas, Ultramar se puso a la tarea. Y lo consiguió. Ya con más luz que la del día, emprendimos la vuelta con parada en Třebíč. No sé cuánto tardamos en el trayecto Telč-Třebíč, que aunque es una media hora, las obras entorpecen un poco. Pero claro, si queremos carreteras buenas hay que sufrir. Como dice mi hermana, cuando me vaya de esta república la voy a dejar mi arregladita.

Pero aún hay más. BridgetJones cumplió años, y como es ya casi tradición, lo celebramos con una noche en la ópera. Todo sea por abandonar la vida disipada y disoluta. La obra escogida para la ocasión fue Maria di Rohan, de Donizetti. No todo va a ser Puccini. ¡Gran error! Mucha fila 5, que a BridgetJones no le gusta porque le cuesta leer los “sobretítulos”, pero aburridísima. Una historia de amor, o mejor dicho, la historia de una señora algo casquivana (*). No dudo de su calidad musical, Donizetti es un músico de prestigio desde hace un par de siglos, pero lo que se dice el libreto deja mucho que desear. Si es que ya lo decía la wikipedia: En las estadísticas de Operabase aparece con sólo 3 representaciones en el período 2005-2010. Y lo entiendo perfectamente.


(*)Me encanta la definición que de casquivana da la R.A.E.: Mujer que no tiene formalidad en su trato con el sexo masculino

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Al arboreto en familia

El estanque al entrar en el arboreto

El estanque al entrar en el arboreto

Un agradable y tranquilo paseo por el bosque

Un agradable y tranquilo paseo por el bosque

Voy un poco retrasado, como los escasos lectores habituales de este insigne blog han podido percibir. Pero es que a uno también le ataca la pereza de vez en cuando. Vamos, jarón que dirían en Chipiona y alrededores. Jarón para mantener el blog, que uno es trabajador, cumplidor, responsable y muy hombre de su casa (de su mini-piso, exactamente). En fin, que entre otras cosas, la madre de BridgetJones vino de visita. “¿Qué voy a hacer con mi madre el fin de semana?” Me preguntó BridgetJones hace un par de semanas, pero en realidad preguntándoselo a sí misma. “La puedo llevar a Lednice o al arboreto de Křtiny, que a ella le gustan mucho las plantas” continuó. “Mejor vamos al Arboreto, dije yo; si hace mal día siempre nos queda la iglesia” “Eso quiere decir que te apuntas”. “¡Claro que me apunto! -dije yo- ya va siendo hora de que conozca a mi futura suegra, la que mejor hace el pato del mundo mundial”. Sí, señoras y señores. Han pasado seis años y aún no conocía a la madre de BridgetJones. Sé que no hay disculpa posible para tamaña fechoría, pero tenemos que asumir la realidad por muy dolorosa que sea. Y la realidad es la que es: no conocía a FuturaSuegra. Había que ponerle remedio. “Lo que no sé es cómo me voy a comunicar con ella. No importa, ya veremos” dije para zanjar la cuestión de mi acompañamiento.

Al final nos decidimos por el arboreto, que abre sólo los sábados a partir de las 10 de la mañana. El arboreto pertenece a la Universidad Mendel, que es la competente para los estudios de botánica, forestales, agricultura (en resumen, lo que tiene que ver con la tierra), aunque no fue creado por la propia universidad, sino heredado de uno de esos ricos antiguos que les da por una afición. En este caso la afición fue recopilar árboles del mundo, principalmente de Norteamérica. Si uno pasa por la carretera y no sabe que está allí, no se da ni cuenta, porque es un bosque dentro de otro bosque.

Cuando llegué a casa de BridgetJones para recogerlas, FuturaSuegra me esperaba con un túper para mí lleno de galletas hechas por ella misma. Con el túper a buen recaudo en el asiento trasero del Fabia emprendimos la marcha. Křtiny no está lejos de Brno, como ya todos sabéis. Yo sabía dónde está Křtiny, pero no dónde está el arboreto. BridgetJones sí lo sabe, pero como se ha dado de bruces con la entrada cuando se ha despistado con la bici, tampoco sabía cómo llegar por carretera. “¡Es aquí, es aquí!” Gritó ella de pronto justo después de una curva. Así que di un volantazo a la derecha y aparcamos en la zona que el arboreto ha habilitado para tal fin, pero que pasa desapercibido si no sabes que está allí. Atrás habíamos dejado Křtiny y ninguna señal que indicara cómo llegar al arboreto.

“Dice la señora que hay dos recorridos, uno largo y otro corto. Pero que si cogemos el corto, a medio camino podemos pasarnos al largo” nos explicó BridgetJones cuando volvió de comprar las entradas. Pues eso hicimos y emprendimos la marcha. Es un paseo muy agradable, que disfrutarán más los que tengan unos conocimientos básicos de botánica. Yo estaba en la gloria, porque cada dos por tres había un cartelito que daba nociones básicas sobre el árbol en cuestión; y a mí no hay nada que me guste más que leer una placa, esté en el idioma que esté, lo entienda o no. De todas formas, no vimos muchos árboles de América del Norte. Debimos perdernos algo, o coger el camino equivocado. Lo que sí vimos es una liana. Sí, de las de Tarzán, aquí en esta república. Y junto a ella una casita de leñador que hace las delicias de los visitantes. No sé si de leñador o cazador, pero una de las casas tradicionales de la zona.

Pues el paseíto en familia por el arboreto llegó a su fin. “Podemos pararnos en Křtiny para que tu madre vea la iglesia y de paso vemos que hay en la plaza, que parecen que son las fiestas del pueblo” sugerí yo. Efectivamente, era el Día de Křtiny y el aparcamiento estaba, en consecuencia, complicado. A pesar de eso, encontramos un sitio que nos estaba esperando justo enfrente de la entrada principal de la iglesia. Como no nos gusta perdernos nada, y además los acontecimientos se cruzan en nuestro paso, vimos una boda. Bueno, nos encontramos que en aquella imponente iglesia se iba a celebrar una boda, y vimos casi como cualquier invitado más la llegada de la novia y su subida por las escaleras. No es que hubiera muchos invitados. La verdad más bien pocos. 6 o 7 parejas es la estimación que yo hice cuando entramos a la basílica por la puerta del patio y vimos la boda en marcha. En esa imponente nave, con aquella cúpula tan alta, parecía que no había invitados de pocos que eran los asistentes. Y además no estaban sentados todos juntos. No sé si la costumbre local es no acompañar a los novios en la ceremonia religiosa y unirse a ellos en la celebración, a todas luces más acorde con el ateísmo del que se hace gala en esta república. “Pues en vuestra boda va a haber menos gente” dijo FuturaSuegra maliciosamente.

En resumen, que el arboreto de Křtiny es una buena excursión de sábado por la mañana cuando los árboles ya empiezan a marronear. Si además son las fiestas del pueblo y hay boda, el día sale redondo.

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Nubes y claros

No es de hoy, pero hoy ha llovido más que ese día de mediados de agosto.

No es de hoy, pero hoy ha llovido más que ese día de mediados de agosto.

Una de las pasiones de lo checos es el tiempo. No sólo de los checos, debo decir. Esa es una afición universal. Quién no ha visto en la tele a algún americano que no tiene otra que hacer más que perseguir tornados. Aquí tornados no hay. De momento, porque con esto del cambio climático y la globalización nunca se sabe. El caso es que a los checos les gusta mucho eso de conocer el pronóstico del tiempo. Razón no les falta, porque todo el que haya vivido en Centro Europa, sabe que los veranos aquí son de nubes y claros, escasos cielos despejados, y alguna tormenta que otra. A mí, como nunca he sido aficionado a eso del hombre del tiempo, siempre me coge desprevenido. Debe ser que tengo grabado en lo más profundo de mis neuronas los veranos estables, donde lo más que puede pasar es que llegue polvo en suspensión del desierto del Sáhara, o de donde sea que venga que en realidad no sé de dónde.

Nubes y claros ha sido el tiempo predominante este verano. Por eso apenas he podido ir a la playa y tengo las marcas características en el cuello y los brazos de aquellos que se colorean un poco esperando el tranvía. En los pies no, porque las chanclas me las he puesto dos veces mal contadas y no ha dado tiempo a que dejen marcas. Pues eso, que entre nubes y claros he cumplido 6 años en esta república. Sí, señoras y señores, seis toros seis. ¡He sobrevivido más de un lustro! Y BridgetJones conmigo, que llegamos a esta república los dos a la vez. Y el Fabia, que también vino al mismo tiempo. Ahora el Fabia se ha naturalizado checo, y ya no es lo mismo. Es como uno más de aquí, pero no se lo tendremos en cuenta hasta que no coma knedliky con todo y se ponga sandalias con calcetines.

No me voy a poner nostálgico ni sensiblero, que no es lo mío. Pero es que el tiempo pasa volando. Parece que fue ayer cuando el policía nos paró nada más cruzar la frontera y tuve mi primera multa en esta república (y la tercera o cuarta de toda mi vida de conductor, que yo siempre he sido muy responsable al volante… o nunca me han pillado). Aunque si uno piensa en todas las cosas que BridgetJones, el Fabia y algún que otro espontáneo hemos vivido no parece tan cercano.

En resumidas cuentas, que han sido seis años de nubes y claros. Con más nubes que claros, pero aquí estamos mi cuadrilla y yo en la lucha.

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Un día histórico

Sí, lo sé. Parezco un preso de película

Sí, lo sé. Parezco un preso de película

15 de agosto de 2014. Una fecha que figurará con letras de oro en los anales de la historia. Ni el descubrimiento de América, ni la constitución de la primera república checoslovaca, ni la caída del comunismo, ni la ocupación del sillón de San Pedro por un cardenal argentino. Ninguno de estos hitos históricos es comparable en importancia a lo ocurrido el 15 de agosto de 2014, día de verbenas en la mayoría de los pueblos de España.

“Oye me tienes que echar una mano como traductor” le dije a ComoUnaOla. BridgetJones anda por esos mundos de Dios, y no es cuestión tampoco de abusar de su generosidad. “El miércoles cierran a las 5 y media, los otros días a las 12, así que ¿vamos el miércoles?” continué diciendo. Ya de paso le pedí que cogiera cita previa para aquel evento. Yo fui incapaz de encontrar en la página cómo se hacía. Ni usando el traductor de San Gúgel. La cogió para las 3 y media, así que allí nos plantamos los dos. El problema era que él no sabía exactamente qué ventanilla o servicio era el que se encarga de estas cosas, así que solicitó la cita para el que creyó conveniente. “Es esta ventanilla -dije yo cuando llegamos- y está el hombre de siempre”. “Pues yo no la he pedido para esta” comentó él. El caso es que ninguno de los dos teníamos ni idea, así que pulsamos en cada una de las opciones de la máquina de los números con la vana esperanza de que nos diera uno cercano al que marcaba la ventanilla que nos correspondía. Ninguno, nada. La máquina para estas ventanillas estaba en la parte opuesta del hall. Eso lo descubrimos porque el señor nos lo dijo con las cajas destempladas.

ComoUnaOla no sabía muy bien a qué se enfrentaba, porque aunque conoce la historia surrealista de la alegalidad del Fabia, no la ha vivido en sus propias carnes como sí lo ha hecho BridgetJones. Y, claro, tampoco sabía cómo se las gasta el señor de la ventanilla. Un claro indicio de sus ganas de colaborar, de su amabilidad, de su saber estar, de su educación y su urbanidad, fue el cambio de expresión cuando ComoUnaOla le dijo que su amigo (yo) es extranjero y no habla checo, y que él también lo es pero algo lo habla. Le contó a qué íbamos allí, mientras yo sacaba el formulario ya relleno (el mismo del año pasado, que aún lo conservaba) y los cienes y cienes de papeles, documentos y certificados que he ido acumulando durante esta larga e inacabable trapisonda. Yo tenía el corazón en un puño porque la revisión del coche (STK) tenía ya casi un año, me temía que la rechazara y me obligara a pasarla otra vez. Pero no fue eso lo que le llamó la atención. “¡Ya estamos!” pensé yo cuando el buen señor dijo que el nombre en el formulario no se correspondía con el del rodné číslo. En una fracción de segundo yo ya había pensado los argumentos para defender aquellos documentos, legales y oficiales de dos países diferentes. En la tarjeta de residencia sólo figura el nombre y primer apellido. En la solicitud yo incluí el segundo apellido. “Es que si te para la policía, no te van a encontrar en el sistema” argumentó el señor. “La policía ya me conoce” pensé yo. Miró la fotocopia de mi DNI (nuevecito de la pasada navidad, con foto reciente) y preguntó con extrañeza y mirándome fijamente a la cara “¿este eres tú?” y reparó en que allí figuraba el insigne apellido que mi madre aporta a mi nombre completo, e hizo un círculo a su alrededor. Yo me temía lo peor: que me obligara a ir de nuevo a extranjería y modificar mi inscripción como emigrante. El corazón me latía a todo lo que podía y más. Porque el señor no atiende a razones, que yo ya lo conozco. Pero no, parece que ese día él no tenía ganas de complicaciones y simplemente tachó mi segundo apellido de la solicitud. Revisó por encima los documentos que se adjuntaban, me devolvió algunos de ellos (como decía, yo tengo muchos documentos, más que nadie, y parecía que algunos inútiles), cerró la carpetilla y la puso junto con otras. “El viernes pueden venir a recoger los nuevos documentos” dijo el señor señalando las otras dos carpetillas que tenía allí. El trabajo se le acumulaba.

Para celebrar que el fin del culebrón estaba cerca, fuimos a tomarnos unas cervezas, que ya era hora (las 5 de la tarde más o menos). En mi ingenuidad, esa compañera inseparable que yo tengo, creía que el viernes me darían los documentos checos y la placa de matrícula, y que sería un trámite de lo más fácil y liviano. Así que yo estaba más contento que unas pascuas. Toda esa alegría y excitación se desvanecieron el viernes a las 10 de la mañana. Allí estábamos de nuevo los dos, con nuestro número correspondiente, delante de la ventanilla. “Oye, yo por aquí no veo en ningún lado el número de la nueva matrícula” le dije yo a ComoUnaOla cuando el señor me dio los papeles checos. “¿Lo queréis registrar?” dijo el señor cuando ComoUnaOla le preguntó. “¡Pues claro, para qué si no me he metido en esta lucha!” pensé yo con la paciencia casi agotada. “Es en el otro lado del hall” aclaró. Pues allá fuimos. Sacamos el número correspondiente, que esta vez la máquina sí está en el lado que le corresponde: 169. Iba por el 140. Llegó nuestro turno, y ComoUnaOla le contó a la funcionaria nuestras penas. Empezó a pedir papeles. “Falta el certificado de emisiones y el certificado técnico” dijo ella. “Todos los documentos los tiene el otro señor” dije yo. “Es uno con un sello rojo en la parte superior, y otro con un sello verde” aclaró ella, como si eso sirviera de algo. “Oye, el de la otra ventanilla te devolvió el otro día unos papeles, ¿los tienes?” me recordó ComoUnaOla. “Sí, pero en mi casa”. Esto sucedía a las 11 menos diez, cerraban a las 12 y el mini-piso está en la otra punta de Brno. “Pues por intentarlo no perdemos nada” dije yo. Llegamos de nuevo a la oficina a las 12 menos 10 pero ya no daban más números. ComoUnaOla habló con el señor de información y consiguió ablandar su corazón. Nos atendió una funcionaria más joven que la anterior, con tanta prisa y tantas ganas de terminar e irse, que ella misma rellenó el formulario y yo lo firmé, obediente. Estaba trasteando en el ordenador, introduciendo los datos correspondientes y yo veía que escribía mi nombre, miraba a la pantalla y ponía cara de extrañeza. Escribía el primer apellido, e igual. Al final, iba a tener razón el de la otra ventanilla: no me podrían encontrar en el sistema. Pero sí, al final aparecí. Así que la buena funcionaria, con mucha prisa e impaciencia, imprimió cosas en los documentos que el otro señor me entregó, puso miles de sellos y firmas en esos mismos documentos y me los entregó junto con la placa de matrícula, a la que ya le había puesto sus pegatinas de la STK, una roja y otra verde.

“Te invito a comer a mi casa -le dije a ComoUnaOla-. Voy a hacer pechugas de pollo con miel”. “Oye, la placa con las pegatinas de la ITV, ¿van delante o detrás?” me preguntó como quien se pregunta a sí mismo. “Pues creo que delante” dije yo. “Es que, mira, todos los coches la llevan detrás” replicó. “Yo creo que van delante” repliqué muy convencido de lo que decía y a pesar de la evidencia. Una muchacha que iba sentada frente a nosotros en el tranvía, nos miraba y sonreía. “Perdona, ¿tú sabes por casualidad dónde va cada una?” le pregunté yo. “Creo que la de las pegatinas va detrás” dijo ella. Entonces yo empecé a fijarme en los coches que pasaban. Sí, va detrás. “¿Y la matrícula como se cambia?” pregunté yo, sacando a la luz otra de las cuestiones que no nos habíamos planteado. “Pues no sé, ahora miramos en Youtube” dijo, convincente, ComoUnaOla.

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Como un jabato

Que se conoce internacionalmente por su nombre francés "vignette".

Que se conoce internacionalmente por su nombre francés “vignette”.

No pensaba escribir una crónica sobre el regreso del Fabia a esta república. Sí, el Fabia ya ha dejado de ser alegal. Pero al final he cambiado de opinión. Y como ya he comentado alguna vez en alguna de las 200 y pico entradas que este blog ya tiene, encontrar un título digno es complicado. No es el caso de ésta porque 3000 kilómetros a lomos de un Fabia dan para mucho. Quiera uno o no quiera.

Podría haberla titulado “Viajante de comercio”, en honor a esos impenitentes trabajadores que se recorrían los pueblos de España de tienda en tienda y de fonda en fonda. En homenaje, además, a esa profesión que tan deliciosos personajes secundarios ha dado a la novela y cine españoles. Viajante de comercio suena añejo, incluso tiene una pátina de romanticismo. No como las palabras actuales, tan frías e impersonales: comerciales o, aún peor, ejecutivo de cuentas. Como ellos, como los viajantes de comercio, me he sentido yo. Sólo me faltaba la maleta con los muestrarios de botones de nácar, peines de carey o cremalleras y ribetes de encaje. Pero no me han faltado las fondas. Nacionales y extranjeras.

Otro título posible era “Fe ciega”. Porque hay que tener mucha fe para confiar ciegamente en un GPS. Este segundo viaje Chipiona-Brno se ha basado en la tecnología. Pero siento decir, que nada más claro y preciso que aquellos folios en los que llevaba impresa la ruta que recomendaba Vía Michelin. Yo es que soy de la antigua escuela, y necesito para ubicarme una visión de conjunto. Saber por qué ciudades tengo que pasar, o cual es la próxima, o hacerme una idea de cuándo cruzaré la frontera. Hasta donde yo sé, eso no es posible con el dichoso GPS que con una agradable voz femenina, te ofrece la ruta a corto plazo. O sea, algo así como los siguientes kilómetros. Y claro, uno no puede elegir por dónde ir una vez que ha seleccionado “vías rápidas” y sin evitar peajes (en Francia son inevitables, ellos son así). Sin embargo, esto tiene la ventaja de la emoción que proporciona la incertidumbre. ¿Qué paisajes contemplarás durante el camino? ¿Qué países no pensados en tu mental e imaginaria composición de la ruta cruzarás? Pues…¡Suiza! Yo veía las señales de las autopistas de peaje francesas que indicaban Genève 30, Genève 20 pero en esta ingenuidad que me caracteriza, pensé que el fabuloso e inteligente GPS pensaba cruzar ese trocito de Suiza que entra en Francia, en cuyo centro se sitúa Ginebra. Pues no. El fabuloso e inteligente GPS me llevó a Ginebra, luego a Lausana, Berna, Zúrich y me hizo entrar en Alemania por Singen camino de Stuttgart (recomiendo mirar un mapa). La verdad es que debe ser más corto. Yo no quería entrar en Suiza, pero no lo pude evitar. Pagué el peaje de la autopista francesa (donde señalaba que Ginebra estaba a tan sólo 5 kilómetros, pero yo, ingenuo de mí, aún creía que la dejaría de lado) y a escasos 300 metros, plaf, la frontera suiza. ¡No, por Suiza no! Me dije a mí mismo y al Fabia, casi con lágrimas en los ojos. La verdad es que no hay ningún motivo racional para no querer pasar por Suiza, un país desarrollado y con unas envidiables infraestructuras viales (doy fe de ello). Pero no había otra opción, llegados a ese punto. O seguías o seguías. En un segundo pensé ¿es territorio Schengen? ¿Me harán control de pasaporte? ¿Me mirarán el Fabia y me harán abrir el maletero? ¡Virgen de Regla, hay que pagar pegatina de autopista! ¡Virgen de Regla! (otra vez) ¡que aquí no hay euros y yo, evidentemente, no llevo encima ningún franco suizo! Tras esos segundos de incertidumbre, caí en la cuenta de que Suiza es territorio Schengen, y aunque la policía de fronteras merodeaba por allí, nadie reparó en el Fabia. En fin, que con todas estas incertidumbres crucé Suiza, casi de noche, con lo cual poco paisaje pude ver y por tanto la visita no cuenta.

El tercer título que se me ocurrió es el que al final he escogido: “como un jabato”. Sí, porque el Fabia se lo merece. Se ha portado como un valiente. ¡Si es que lo tengo que querer! Y no soy el único. Al cruzar la frontera entre Alemania y esta república (por la gran puñeta, a unos 60 km de Pilsen) le envié un mensaje a BridgetJones dándole cuenta de la buena nueva. Su respuesta fue “pues buen viaje, nos vemos mañana, dale un abrazo al Fabia”. El Fabia, y yo con él, llegamos a ese punto después de sufrir la densa circulación por las autopistas alemanas, con muchos carriles pero con más coches y camiones. Y alguna que otra obra, que es que se juntaba todo. Debo decir que los alemanes son muy disciplinados a la hora de conducir. Cumplen las reglas. Todo lo contrario que los checos. La diferencia se nota nada más cruzar la frontera. Mientras que los alemanes esperaban pacientemente que el Fabia adelantara a un camión y guardaban la distancia de seguridad, los checos no. Ellos se pegaban al Fabia y hacían señales para que te quitaras pronto. ¡Cómo me voy a pasar al otro carril si hay un camión articulado de largo especial! ¡Qué lucha, qué lucha! Así, poco a poco, llegué a Brno. Digo poco a poco porque la autopista que une Praga con Brno y sigue hasta Eslovaquia, está en obras, por tramos. Uno de los tramos es el que pasa por Brno, el de las diferentes entradas a la ciudad. Yo opté por coger por el desvío hacia Ostrava, principalmente porque no podía tirar para otro lado: me equivoqué de carril. Pero la Virgen de Regla me protegió una vez más, y el susodicho desvío va a parar a la salida Slatina-Aeropuerto, que es la salida para el mini-piso.

A diferencia de la otra vez, crucé la frontera de esta república sin incidente alguno. No sé cómo se atreven a dejarme pasar así como así. Claro, que para evitar que ningún policía me parara y se empeñara en hablar en alemán conmigo por el simple hecho de ser extranjero, compré la pegatina de la autopista con una duración de 10 días, el mínimo posible. ¡Si es que estoy irreconocible!

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